Nota I: Subversivos
y “subversivos”
Por
Juan Gabriel Labaké
Jamás
imaginé que, salvo para escribir un libro de historia, algún día necesitaría
desempolvar y consultar mi abultado archivo sobre los años de plomo que van de
1973 a 1976. De esa época fui, no sólo testigo, sino también protagonista. Me
tocó en suerte ser diputado nacional y estrecho colaborador de sus tres
presidentes: Cámpora, Perón e Isabel. Y luego debí asumir la defensa jurídica
de la señora del General, única sobreviviente de esa tríada de víctimas del
terrorismo de “izquierda” y de “derecha”.
Los tres fueron presidentes constitucionales legítimamente plebiscitados por el pueblo argentino el 11-03-73 y el 23-09-73 respectivamente, y los tres debieron soportar el brutal y permanente asedio e intento de desestabilización por parte del terrorismo de “izquierda” y de “derecha", que usaban distintos pretextos pero perseguían idéntico objetivo: derrocar al gobierno constitucional para enfrentarse “a cara de perro” y en forma directa, con los fierros en la mano, sin terceros “molestos”, e imponer por la violencia su muy particular ideología... o sus intereses inconfesables.
Los de la
“izquierda” juraban que usaban las armas contra Perón e Isabel para
defender al pueblo, pero ese gobierno había sido recientemente elegido por el 63% de
los votos populares.
Los de la
“derecha” proclamaban que lo hacían para salvar al pueblo de la tiranía
del “trapo rojo”, pero en el gobierno no estaban los “rojos”, sino los
auténticos y legítimos representantes de ese mismo pueblo.
Los de la
“izquierda” atacaban a balazos a sus oponentes, y creaban así el clima de
terror que necesitaban los de la ”derecha” para justificar tramposamente el
golpe que ya preparaban en la sombras (luego lo harían a la luz del día y con
todo desparpajo).
Los
“compañeros de ruta” de la “izquierda”, que actuaban en la superficie,
algunos como senadores nacionales y muchos como diputados nacionales (los 34 del
llamado “grupo de trabajo”) boicoteaban al gobierno constitucional y le
negaban a la Cámara el quórum indispensable para funcionar, creando asi la
creencia de que había “vacío de poder”… Justo lo que necesitaban los de
la “derecha” para dar su golpe del 24-3-76.
Y los de
“derecha” echaban leña al fuego a través de la Triple A, cuyo mando era
visiblemente militar, como lo veremos luego.
Cuando los
de “derecha” produjeron su cuartelazo, cargaron todas las culpas sobre el
gobierno constitucional para justificar la matanza vengativa de los de
“izquierda” y de miles de otros argentinos que nada tenían que ver en esa
pelea feroz entre dos grupos terroristas. Por eso mantuvieron en prisión
prepotente (farisaicamente disfrazada de sentencia judicial) a la ex presidente
Isabel, a quien, en el Mesidor, llegaron a rapar “a la papa”, porque “había
muchos piojos en la residencia neuquina” (textual). Y, no conforme con ello,
inventaron el rumor infame de que "Isabel había quedado embarazada porque
mantenía un amorío con el capitán de su propia guardia militar". El
pobre hombre, un peronista al fin y al cabo, había cometido “el delito” de
solicitar a Isabel que se sacara
una foto junto a él. Isabel accedió a la foto, lo cual le costó al capitán
la inmediata y deshonrosa destitución de su cargo, y el retiro obligado. A
Isabel le costó el rumor infame de los militares sobre su fantasmal embarazo.
El relato detallado de esta incalificable calumnia me fue hecho por la propia
Isabel alrededor de 1987. El rumor del embarazo corrió por todo el país. En
1977, el ex ministro de Educación Pedro Arrighi, el ex de Economía Emilio
Mondelli y yo pedimos audiencia con el cardenal primado Mons. Aramburu para
rogarle, como católicos, que la Iglesia intercediera por la libertad de la ex
presidente constitucional. Mons. Aramburu estaba “muy ocupado”. En su lugar
nos recibió un obispo auxiliar, de cuyo nombre no quiero acordarme, quien, al
escuchar nuestro ruego, nos respondió que la Iglesia no podía interceder “por
una mujer que había quedado embarazada del capitán de su guardia”… Lo
difundo con mucho dolor, porque soy creyente y practicante católico, pero
es indispensable hacerlo para que se comprenda hasta dónde había llegado el
odio de ciertos sectores de poder hacia Isabel y su gobierno, y hasta dónde la
ex presidente debió sufrir ese odio atroz e insondable. Si un obispo de la
Iglesia llegó a sumarse a esa deleznable calumnia (pecado gravísimo, si
los hay) y a ese implacable rencor contra la viuda del conductor del peronismo
(me refiero al peronismo auténtico y decente, al de antes), no puede extrañarnos
que hoy haga lo mismo un equipo de gobierno que se ha olvidado de dónde
salieron los votos en 2003 y que ahora se mantiene gracias a una descomunal
Banelco alimentada con fondos públicos.
Lo cierto es que este gobierno, donde figuran en cargos prominentes varios terroristas de la “izquierda” setentista (que, insisto, creó conscientemente el clima indispensable para que la “derecha” diera su golpe del 24-03-76) acaba de abrir la Caja de Pandora y ha convocado a los espíritus. Ahora veremos si sabe manejarlos. Nosotros nos encargaremos de averiguarlo. Es nuestro deber.
Para completar el relato sobre la forma en que los terroristas de Estado maltrataron a Isabel, digamos que, estando presa en su propia quinta de San Vicente (1980/81), la ex presidente contrajo una úlcera gastroduodenal hemorrágica. Los militares, por rencor o por miedo a que se supiera que la estaban torturando moralmente al punto de producirle dicha herida típica del sufrimiento y del "stress", se negaban a internarla en un centro médico adecuado para tratar esa grave enfermedad. A través de una fuente amiga (y compañera), cuya identidad no difundo por no tener su autorización expresa, Isabel me envió un mensaje personal pidiéndome urgente ayuda. Se me ocurrió entrevistar al jefe de redacción de la Agencia DyN y proponerle un trato delicado: ellos publicarían la noticia, y yo me haría responsable públicamente de su autenticidad. Así le evitaría a DyN algunos "dolores de cabeza" frente al gobierno de la dictadura. El jefe de redacción aceptó y publicó la noticia junto con mi respaldo personal a su veracidad. De esa manera se supo que Isabel estaba gravemente enferma, y el gobierno militar no tuvo más remedio que internarla en un sanatorio de Buenos Aires y, recién ahí, hacerla tratar como a un ser humano.
Subversión
y “subversión”
Es
indispensable distinguir entre el accionar de grupos armados que luchan por
restituir el imperio de la Constitución frente a un gobierno usurpador del
poder, de facto, o militar, es decir subversivo, que subyuga al pueblo, y la
guerrilla subversiva que otros o los mismos grupos ejercen contra un gobierno
constitucional legítimamente elegido por el pueblo.
En el
primer caso, y salvo acciones aberrantes (asesinato intencionado de civiles
inocentes, colocación de bombas para matar indiscriminadamente, sevicia o
crueldad extrema, etc.), la acción armada contra los dictadores golpistas es
justa y legítima, porque en esos casos los verdaderos subversivos o usurpadores
son los gobernantes. Tal fue la situación de quienes lucharon con las armas (y
sin caer en esos extremos aberrantes mencionados) durante los tres períodos
tiránicos habidos desde el 16 de setiembre de 1955 hasta hoy. Al respecto, y
para quienes se interesen por el fondo moral y filosófico del tema y no caigan
en el sectarismo de negarse a leer a determinados pensadores sólo por ser
“viejos” o "dogmáticos", Santo Tomás de Aquino lo tiene amplia y
exhaustivamente estudiado.
Pero, bajo
gobiernos constitucionales como fueron los de Cámpora, Perón e Isabel,
nada justifica la violencia armada ejercida por los particulares, sean de
“derecha” o de “izquierda”. Insisto, ambas violencias, la de
“izquierda” y la de “derecha” son, en esas circunstancias, vulgares y
crueles actos de terrorismo, que deben ser combatidos con la ley en
la mano y con toda decisión y rigor. El gobernante que no procediera de
esa forma, estaría incurriendo al menos en el delito de incumplimiento de sus
deberes de funcionario público.
El accionar de esas bandas terroristas está sancionado muy severamente por la Constitución Nacional (art. 22: “Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete el delito de sedición”) y por el Código Penal (el art. 226 pena con hasta 25 años de prisión el delito de rebelión, que se agrava cuando es cometido por personal militar).
Convengamos, pues, en que Perón e Isabel, no sólo podían combatir legalmente la subversión durante su gobierno, sino que tenían la obligación legal de hacerlo, y de hacerlo con eficacia.
Nota II:
La
subversión durante el
gobierno
constitucional
Primera
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Durante nuestro gobierno (25-05-73 a 14-03-76)
actuaron varias grupos armados que,
recordemos, por ser el nuestro un gobierno constitucional, sólo merecen el
calificativo de bandas subversivas terroristas. Las cuatro principales fueron:
1.- Montoneros, que desde setiembre de 1973 agrupó
a los primigenios “montos” y a las Fuerzas Armadas Revolucionarias-FAR. Al
unificarse estas dos bandas, en setiembre de 1973, adoptaron una conducción
conjunta: Mario Firmenich (antiguo montonero) y Roberto Quieto (por las FAR).
2.- Fuerzas Armadas Peronistas-FAP, cuyos jefes eran
los Dres. Eduardo Luis Duhalde (actual secretario de Derechos Humanos de la Nación)
y Rodolfo Ortega Peña, diputado nacional brutalmente asesinado por la Triple A
en 1974.
3.-Ejército Revolucionario del Pueblo-ERP,
comandado por Roberto Santucho, muerto en un enfrentamiento con la dictadura
militar.
4.- La llamada Triple A, cuyos jefes y principales
responsables eran visiblemente oficiales de las Fuerzas Armadas, como veremos, y que contaban en sus filas como
“soldados” a algunos oficiales de la Policía Federal. La Triple A, según todos los indicios,
gozaba de la cobertura política de López Rega hasta julio de 1975. Luego
continuó su tarea terrorista sin cobertura política y, al parecer, bajo el
mando directo del comandante en
jefe del Ejército, Gral. Jorge Videla, según la prueba irrefutable y
definitoria del capitán Segura, que veremos más adelante.
5.- Con el tiempo se sumó una quinta banda, la de
las Fuerzas Armadas que, luego de traicionar su sagrado deber de defender a la
Nación, a su pueblo y a su Constitución, y perpetrar el golpe de Estado del
24-03-76, cayeron en el peor de los terrorismos, el terrorismo de Estado (el
verdadero demonio). Ya el diario La Nación, apenas Cámpora asumió la
presidencia en 1973, previno muy sugestivamente en una editorial: La
Fuerzas Armadas son hoy un león que vuelve a la cueva a
lamer sus heridas. Debimos prestarle más
atención a esa editorial, porque en aquella época y en cuestiones de
cuartelazos contra gobiernos peronistas, el diario La Nación siempre tenía
información directa y privilegiada…
Al margen de ello, y siendo
ese golpe el principal y primer enorme crimen de los jefes de las Fuerzas
Armadas, el que abrió las puertas al posterior terrorismo de Estado, ¿por qué
nunca nadie quiso investigarlo y condenarlo judicialmente como exige la
Constitución Nacional y el Código Penal, según ya demostré en mi nota
anterior? Quien desee averiguarlo, sólo deberá leer los diarios de la época:
salvo un puñado de peronistas y algunos aliados que nos jugamos por la
estabilidad y el respeto al gobierno constitucional de Isabel (sin desconocer
algunos, muchos si se prefiere, errores políticos de ese gobierno), el resto de
la dirigencia argentina (de todo tipo: político, periodístico, empresarial y
unos pocos sindicalistas) ayudó a preparar el golpe, lo alentó, lo fomentó, y
lo recibió con alborozo y aplausos.
¿Quién podía promover un juicio penal para castigar
debidamente a los autores de dicho golpe criminal? Esos sectores nombrados que
lo prohijaron, seguramente no, porque tenían cola de paja. Balbín había
recibido alborozado a los dictadores con un
insólito “Videla es un general democrático”. Tampoco. Alfonsín,
compañero de liceo militar del Gral. Albano Arguindeguy (ministro del Interior
de Videla), había logrado que 51 partidos de la provincia de Buenos Aires
fueran entregados por la dictadura militar a intendentes radicales.
Menos. El Partido Comunista, ni pensarlo: la Unión Soviética firmó un acuerdo
amplio con la dictadura, que le permitió a los rusos sortear el embargo de
cereales de EEUU, y a los comunistas vernáculos tener mullidos sillones
oficiales y buenos sueldos que les permitieron pasar la dictadura militar con
toda comodidad y custodiados por expertos.
El
resto de los partidos tradicionales logró “sopar” algunas embajadas y otras
canongías: ¿cómo pensar en hacerle juicio a los golpistas?
Pero
nosotros, los que habíamos defendido al gobierno constitucional hasta las últimas
consecuencias, es decir los únicos que teníamos autoridad moral y las manos
limpias para enjuiciar a los responsables del golpe del 24-03-76, sí lo pudimos
hacer y no lo hicimos. ¿Falta nuestra? ¿Exceso de generosidad para con el
enemigo? (En este caso no era un simple adversario político). ¿Deseos de no
echar más leña al fuego? Quizás un poco de cada motivo. De todos modos, y ésta
es una constante en la historia argentina (y en la universal también), el
pueblo jamás toma venganza de sus enemigos y perseguidores; las elites, sí; y
mientras más privilegiadas e ilegítimas son, con más saña lo hacen.
Ideología de cada banda subversiva
Digamos, como introducción a este punto, que Perón
regresó a su patria en 1972 con un proyecto muy claro y manifiesto, que yo tuve
el raro y casual privilegio de conocer el 29 de noviembre de 1972, cuando asistí
a una entrevista privada con el General en su casa de la calle Gaspar Campos, en
Vicente López. En esa oportunidad Perón expuso, durante más de una hora y
ante mi pedido expreso, su proyecto nacional, la obsesión que lo traía a la
Argentina, y que podemos resumir como sigue:
-
Lograr rápidamente restaurar la paz y la concordia
entre los argentinos.
-
Unir a la mayor cantidad de compatriotas alrededor
de un nuevo Modelo Argentino para el Proyecto Nacional. Los grandes lineamientos
de ese Modelo fueron enunciados por el General el 1º de mayo de 1974 ante la
Asamblea Legislativa. Era su pensamiento de siempre, con las actualizaciones
instrumentales del caso. Quien desee conocerlo en detalle, puede consultar el Nº
3 de la revista “PERONISTAS para el debate nacional”, que dirige el Prof.
Horacio Ghilini, secretario general de SADOP-Sindicato de Docentes Privados.
-
Para llegar a ese Modelo y a ese Proyecto, era
indispensable comenzar el gobierno constitucional con un auténtico pacto
social, que Cámpora impulsó, y la CGT (Rucci) y la CGE (Broner en reemplazo de
Gelbard, que era ya ministro de Economía) firmaron en los primeros días de
julio de 1973. Ese pacto social, piedra angular de un renovado proyecto de
Comunidad Organizada, tuvo su correlato político en el FREJULI, sigla bajo la
cual Perón reunió a una decena de partidos afines para afrontar las elecciones
de ese año (en marzo y en setiembre).
Frente a un proyecto tan claro de tipo nacional y
popular, los grupos subversivos de “izquierda” (todos) respondieron con una
contrapropuesta conceptual y metodológicamente marxista: la lucha de clases
como etapa ineludible, dado el determinismo con que, según
ellos, la historia “obedece” los designios del materialismo histórico
dialéctico (el dogma central de la filosofía marxista), y la violencia como única
“partera de la historia” (también dogma predilecto de Marx). El
infantilismo reinante entre esos grupos subversivos, les hizo agregar una
tercera disidencia con el peronismo de siempre: Perón debía conducir “la
revolución” y el Movimiento, pero junto con ellos y controlados por ellos,
porque Perón no era revolucionario ni socialista y ellos sí, y serían sus
herederos por “derecho natural” porque el pueblo eran ellos..., los grupos
subversivos.
Los comandos militares de la Triple A, en cambio,
respondían sin excepción a la interesada ideología o doctrina de la
“seguridad nacional” (de EEUU, ¡claro está!) y de la guerra revolucionaria
(la del comunismo) y la contrarrevolucionaria (la del “eje del bien”… que,
con otro nombre, existe desde que los EEUU recibieron de su dios tribal el
“destino manifiesto” de luchar contra el “eje del mal”…). Casi sin
excepción, los altos mandos militares de esa época habían pasado por la
Escuela Militar de las Américas (Comando Sur del Ejército de EEUU) con asiento
en la zona invadida por los norteamericanos a la vera del Canal de Panamá, y
cuyo objetivo era transmitir a los militares latinoamericanos la necesidad de la
guerra contrarrevolucionaria contra los soviéticos (competidores de EEUU y, por
lo tanto, “enemigos de la Humanidad”…).
Las pruebas de la ideología de todas las bandas
terroristas, actuantes entre el 25-05-73 y el 24-03-76, serán expuestas en la
próxima nota.
Nota III:
La
subversión durante el
gobierno
constitucional
Segunda
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
La ideología de las bandas subversivas terroristas
de “izquierda” que asolaron el país durante nuestro gobierno constitucional
de 1973 a 1976 (Cámpora, Perón, Isabel), tal como anticipé, se asentó en
tres postulados básicos: dos de ellos fueron de neta raigambre marxista
(su filosofía de la historia, o si se prefiere su método de análisis
de la historia, basado en el dogma del materialismo histórico dialéctico y en
la lucha de clases, y su opción sistemática por la violencia como “partera
de la historia”). Estos dos postulados se notaron desde el principio y con
mayor claridad en el caso del Ejército Revolucionario del Pueblo-ERP
(trotskista), mientras que Montoneros nació en buena medida “católica y
nacionalista”, y con el tiempo fue virando hacia posiciones ideológicas
marxistas, hasta llegar a su clímax al unirse con las Fuerzas Armadas Revolucionarias-FAR
en setiembre de 1973.
El tercer postulado fue propio de Montoneros, y
debemos atribuirlo a la petulancia e
ingenuidad de sus dirigentes, que entonces eran unos imberbes (hoy, ya no) estúpidos
(hoy…). Según ese tercer postulado, el General debía compartir la conducción
del Movimiento con ellos…, porque a Perón había que controlarlo…, y la
herencia les correspondía a ellos por derecho natural… Según reconoce el ex
montonero José Amorín (“Montoneros, la buena historia”, pág. 247) cayeron
en ese infantilismo porque Firmenich era “un
tonto, un confundido, o un despechado, tal vez las tres cosas a la vez”.
En buen romance: Firmenich quería ser Perón… Si se me permite la ironía,
había un antecedente filosófico:
un siglo antes, Nietzsche “mató a Dios” porque él pretendía ser el
Redentor, el Superhombre.
Para probar lo que afirmo, ofrezco una síntesis
cronológica de los documentos de la época (25-05-73 a 23-03-76):
En abril de 1973 (un mes después de ganar nosotros las elecciones y un
mes antes de asumir, y según Roberto Baschetti, “Documentos”, y Bonasso):
* Las FAR ocuparon los Tribunales de San Isidro para apoderarse de armas y
documentos.
* El ERP secuestró al Cta. Alte. (R) Francisco Alemán.
* Los Montoneros asesinaron en Córdoba al Cnel. de Ingenieros Alberto
Iribarren. El propio Bonasso reconoce que Perón expresó a los Montoneros su
desagrado por ese asesinato ya totalmente inútil y contraproducente.
* Un comando no identificado secuestró en Córdoba al director de la
empresa Nobleza de Tabacos y lo liberó cinco días después.
* El ERP atacó el aeropuerto de San Justo y destruyó una avioneta del Ejército.
* La Juventud Universitaria Peronista arengó a su tropa: “…
las organizaciones armadas peronistas, verdaderos gérmenes de nuestro ejército,
única herramienta apta para la recuperación definitiva del poder… elevan el
nivel de enfrentamiento en cada etapa”.
* Galimberti insistió en su fantasía (o en su provocación): crear una
milicia armada de la juventud argentina, “porque
ahora debemos ejercer la violencia en forma orgánica”…
* En ese mismo acto (Sindicato del Calzado, del 18-4-73), Juan Manuel Abal
Medina desafió: “El 25 de mayo los
compañeros presos van a estar en la calle junto al pueblo”.
* Julián Licastro y Carlos Grosso (socios políticos en ese tiempo): “Debemos
implementar un movimiento nacional de masas (el peronismo y el propio Perón,
¿para qué estaban, sino?) para acceder a
la etapa del poder total…”
28-4-73: Perón responde a la provocación y defenestra Galimberti,
propulsor de las “milicias armadas”, y ordenó:
“Hasta mi llegada a la
Argentina, no innoven y dejen trabajar al Dr. Cámpora.”
8-5-73: Cámpora anuncia un “programa de reconstrucción nacional” de
cinco puntos, que contemplaba una “tregua política y social”.
Ante ello, los Montoneros y las FAR desafiaron:
“… desde el punto de
vista estratégico, la respuesta adecuada a un enemigo en retirada es la
persecución. (…) … la concepción de nuestro desarrollo carece totalmente
de las nociones de “frente”,
“gobierno de coalición”. (…) (Debemos)
… prepara una estructura de combate (que será) el germen del ejército
popular y se desarrollará en el seno del Movimiento Peronista, al cual
deberá conducir. “Esta herramienta organizativa será conducción
estratégica ejercida conjunta y progresivamente con el general Perón” (…)
“(Serán) Funciones (del partido revolucionario): (…) Adoctrinar, formando a
los cuadros en la teoría
revolucionaria y educando a las masas (¡educar a las masas! Elitismo
puro) en la misma”… (Subrayados míos).
25-05-73: Los dirigentes de Montoneros, FAR, FAP y ERP (todos) organizan
una “pueblada” para lograr por la fuerza lo que Cámpora proyectaba aprobar
al día siguiente con una ley de amnistía: la libertad de los presos políticos.
Me constan personalmente los esfuerzos que hizo ese día Esteban
Righi (entonces ministro del Interior, y hoy Procurador General de la Nación)
para evitar que los imberbes (ahora, ya no) jefes guerrilleros cometieran ese
desatino. El mismo día de su asunción, lo dejaron a Cámpora políticamente
malherido.
Luego todos (“izquierdistas” y derechistas”, y algunos otros
irresponsables) comenzaron el deporte de la toma de oficinas públicas. No se
salvaron ni los hospitales. Cámpora se preocupó y pidió ayuda a Perón. El
Viejo, a quien hoy los imberbes (y… lo otro) de ayer quieren hacer aparecer
como un ogro criminal, le respondió al “Tío”:
“Si las hacen con buena
intención no tiene importancia, pero hay que pensar que pueden ser hechas por
personas interesadas en perjudicar al gobierno… Antes de tomar medidas…, será
preciso investigar cada caso y proceder en consecuencia.”
(Miguel Bonasso, “El presidente que no fue”).
8-6-73: La CGE y la CGT, por pedido de Perón y con el apoyo de Cámpora,
firman el llamado pacto o acuerdo social, base fundamental del proyecto del
General.
Mario Firmenich, por Montoneros, y
Roberto Quieto, por las FAR responden: “apoyamos al gobierno de Cámpora, pero seguiremos armados y alertas,
para controlar y derrotar (¡!) un
posible contraataque de las fuerzas oligárquicas e imperialistas”… ¡Ellos
iban a derrotar a las fuerzas imperiales…!
Y el ERP (trotskista) afirma:
“No apoyamos el gobierno
del presidente Cámpora porque sus medidas no van contra el sistema”.
Alicia Eguren (Peronismo Revolucionario, en “América Latina”, Nº 18,
mayo-junio de 1973):
“… el pacto social es
una traición al pueblo en general y al peronismo en particular… Acá habrá
revolución por las buenas o por las malas… debemos emprender una política de
alianzas que confluirá en la formación del partido de la revolución”.
5-7-73: Las FAP del actual secretario de Derechos Humanos Dr. E. L.
Duhalde (que no era ya un adolescente imberbe…) dijo lo suyo:
“… no alcanza con
depositar nuestra confianza en nuestro Líder, sino convertir esa confianza
y conciencia de clase explotada en organización y fuerza capaz de
enfrentar al enemigo y derrotarlo… (Este
gobierno) no nos garantiza… que se
respeten nuestros intereses de clase… aún no hemos tomado el poder… Dentro
del gobierno también están o inciden viejos enemigos de la clase obrera como
Frondizi, Frigerio, Solano Lima, Silvestre Begnis, Gelbard, Carcagno, Rucci,
Osinde, Miguel, Caffiero, Calabró, Taccone, Simó, Rizzo, Labat, Romero, Jury y
otros”.
12-6-73: Montoneros afirma:
“Con respecto a nuestras
Organizaciones político-militares, nuestra estrategia sigue siendo la guerra
integral, es decir la que se hace en todas partes, en todos los momentos y por
todos los medios… hasta el uso de las armas”. (…) “Quienes
incurran en desviaciones o traiciones serán pasibles de las medidas punitivas
que establezca la justicia popular… Se los combatirá por todos los medios y
en todos los terrenos necesarios, por la acción de las masas o por la acción
armada, tanto de masa como de ‘comando’”… (…) “Esos sectores, como
el vandorismo… y el desarrollismo, pueden ser considerados como enemigos
internos, y actuaremos con ellos de la misma forma que lo haremos contra todos
los enemigos del pueblo… como ya se ha hecho con unos cuantos asesinos del
pueblo… (con)
la pena de muerte”.
El Peronismo de Base (aliado de las FAP del Dr. E. L. Duhalde) declara en
junio de 1973:
“Los trabajadores no haremos ni
respetaremos ninguna tregua como el famoso ’Pacto Social’” que ha sido
concertado a nuestras espaldas… Hoy nuevamente tratan de
engañarnos con el camelo de la ‘Paz Social’”.
Así recibían a Perón, cuando el Viejo se aprestaba a regresar a su
patria el 20-6-73.
Nota IV:
La
subversión durante el
gobierno
constitucional
Tercera
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Producida la matanza mutua de Ezeiza entre “bolches” y “fachos”,
el 21-6-73 Perón llamó a la reflexión a todos: tirios y troyanos.
Bonasso nos cuenta (en la pág. 560 de su libro) cuál fue la respuesta de
Montoneros a ese llamado de “su” conductor:
“Juan
Manuel Abal Medina trabajaba febril en… el contraputch que diera por tierra
con el Astrólogo (se refiere a López Rega).
No era el único. Varios propusieron ejecutarlo y tropezaron con las reticencias
de la conducción montonera (léase Firmenich; ¡eran más violentos que
Firmenich! (…) Abal Medina se encerró a
solas con Don Héctor y le propuso un plan sencillo y contundente: el Bebe (Esteban
Righi) tenía que ‘salir en cadena
nacional’, mostrando quiénes eran los culpables de Ezeiza, mientras se
aprovechaba la nueva reunión para
detener a López Rega, acusándolo de sedición, homicidio y traición.
Cámpora
lo miró como dos ojos de huevo duro y le dijo en un susurro:
-¿Se
ha vuelto loco, Juan Manuel? ¿Usted ha pensado lo que haría el General si
ocurre una cosa así?
A
Abal Medina lo comentó con Mario Cámpora…
-Juan,
Juan….- repitió Mario con tono amistosamente admonitorio-, si el General se
va a España, se cae el gobierno.
(…)
Abal
Medina no era el único duro. Sin llegar a esas audacias, que seguramente
habríamos secundado de haberlas conocido a tiempo (…)
Yo tuve una charla con Mario Cámpora en la que insinué la necesidad de una San
Bartolomé legal
(se refiere a la macabra noche del 23-8-1572 cuando los católicos parisinos
diezmaron a los protestantes hugonotes, sorprendiéndolos mientras dormían en
sus hogares) en la que arrestásemos a 200
ó 300 cuadros de la ultra derecha. (…) El Perro Verbitsky y Luis Guagnini se
lanzaron sobre el Bebe (Righi)
proponiendo también una secuencia de procedimientos a cargo de la (Policía)
Federal que debían culminar con la detención de Osinde…
¡Menos mal que Cámpora, su sobrino Mario y
Righi conservaban la cabeza sana…!
27-6-73: Perón sufre una isquemia coronaria,
que para algunos llegó a ser un infarto de miocardio de poca extensión. Cámpora
esperó que Perón se repusiera, y le presentó verbalmente su renuncia (era la
cuarta vez que lo hacía, según me relató personalmente “el Tío” unos días
después.
Setiembre de 1973, la Columna José Sabino
Navarro, de Montoneros, desafía nuevamente:
“…
la fórmula Perón-Isabel no nos ofrece, en su segundo termino, garantías
suficientes…Cuestionamos a la señora Isabel Martinez como instrumento de los
reaccionarios y burócratas que están alrededor de Perón.
11-9-73: Mario Firmenich, a la salida de una
entrevista con Perón, declara:(Baschetti):
El
poder político brota de la boca de un fusil. Hemos llegado hasta aquí en gran medida porque tuvimos fusiles y los
usamos; si abandonáramos las armas retrocederíamos en las posiciones políticas.
23-9-73: Perón e Isabel son plebiscitados por
el 63% del pueblo argentino.
25-9-73: Los Montoneros asesinan a Rucci
12-10-73: Asume la fórmula Perón-Isabel, y
los Montoneros (Firmenich) y las FAR (Quieto) anuncian su unificación.
17-12-73: Firmenich y Quieto anuncian en Córdoba
(Baschetti):
“…vamos
a hacer la depuración de todos aquéllos que no representan a los
trabajadores… utilizaremos las armas en la medida en que insistan con
las agresiones… A este gobierno hay defenderlo, apoyarlo y controlarlo.
Fines de 1973: Montoneros proclama:
“Creemos
que la estrategia de Perón y su implementación no son correctas. Perón tiende
a producir una acumulación de poder dentro del régimen constitucional (cosa
que es imposible)… Luego de abogar por producir una fractura en
las Fuerzas Armadas, expresan:
“Pero
solamente se va a fracturar el ejército si se ve obligado a un
enfrentamiento prolongado, continuo, violento y con cierta duración con
el pueblo; para ello, la única solución es que nosotros alcancemos a
desarrollar las milicias, porque obviamente Perón no las va a desarrollar.
Con seguridad, ésa es la frase más clara y
definitoria de la estrategia de Montoneros en su enfrentamiento con Perón, y
define con precisión los motivos que los llevaron a provocar la desestabilización
del gobierno de Isabel para “ayudar” a producir el golpe del 24-3-76, a fin
de que lograr ese enfrentamiento
prolongado, continuo, violento y con cierta duración (del ejército) con el pueblo (que en la mentalidad entre adolescente y fantasiosa,
eran ellos mismos y sólo ellos).
Y por primera vez reconocen que: Perón
es Perón y no lo que nosotros queremos. En rigor, el socialismo nacional no es
el socialismo, lo que Perón define como socialismo nacional es el
justicialismo. Un libro que nosotros no hemos leído es “La Comunidad
Organizada” que es el que fija el pensamiento filosófico e ideológico de Perón,
y él mismo lo dice”. (…)
(Pero)
Perón es el representante de los
trabajadores, y esa política, de acuerdo a la estructura del país, desembocará
en el socialismo necesariamente, cosa que Perón no quiere, pero que es así, es
un hecho objetivo. No está
determinado por lo que uno quiere sino por la realidad de la estructura económica.
Los
comentarios huelgan: pensamiento más determinista, dogmático y ortodoxamente
marxista es difícil de concebir.
Para que no quedaran dudas, en esa verdadera
proclama agregaron:
Nuestra
“tercera posición” no es ideológica, sino sólo política, en el aspecto
internacional geopolítico (se oponían a ambos imperialismos:
el norteamericano y el soviético)… (Por eso)
La ideología de Perón
es contradictoria con la nuestra, porque nosotros somos socialistas.
(…)
En
el análisis que hace Perón de la historia de la humanidad tampoco pensamos
igual. Perón tiene un pensamiento evolucionista.
Más adelante dirán que Perón tiene un pensamiento reformista, evolucionista, que no posibilita
el pensamiento riguroso (y ponen como contra ejemplo a… Mao).
Siguen: (Para nosotros) la humanidad avanza contradictoriamente… lo que hay son (por
“es”) una serie de contradicciones
que se resolvieron de determinada manera y que posibilitaron el
surgimiento de otro sistema (inequívoca referencia al materialismo histórico
dialéctico, idea central del pensamiento de Marx).
Luego vino la confesión final:
“De
nuestra pretensión, tal vez ‘desmedida’
(entre comillas en el original), de ser la
conducción estratégica (del Movimiento) surgen
confrontaciones o competencias de conducción (con Perón, claro está).
Y la megalomanía (o adolescencia) grupal:
Solamente
nosotros podemos constituir una fuerza organizada, una fuerza incluso decente…
¡Imberbes y …! Tuvo razón Perón
el 1º de mayo de1974.
Pero E. L. Duhalde, como ya dije, no era
adolescente. Sin embargo:
“El
general Perón ha atraído al país, desde su largo exilio, un preconcebido plan
político, que por sus particularidades conciliacionistas, “de buena letra con
el enemigo”, de “desensillar hasta que aclare”, etc., se aviene
exactamente para ser ejecutado por la burocracia traidora, con su única de que
es capaz: con el vasallaje.
A pesar de sus francas, casi brutales, y
reiteradas proclamas sobre sus diferencias de fondo con Perón, y su desafío público
de reemplazar a Perón en la conducción del Movimiento, la dirigencia de los
Montos, como si fuera autista, produjo su último documento de 1973, en
diciembre, para quejarse con
amargura (¡!):
¿Por
qué entonces Perón ahora nos deja de lado y encima nos acusa de infiltrados?
(Baschetti).
Nadie entre los dirigentes montoneros (ni
joven, ni viejo) respondió ese interrogante adecuadamente. Les hubiera venido
muy bien hacerlo, o al menos meditar un poco sobre ello.
Con esos antecedentes, más la desobediencia
abierta al pedido de Perón de reformar el Código Penal, el General les reclamó
públicamente que se definieran, en enero de 1974. Ocho de los quince diputados
nacionales montoneros renunciaron y pasaron directamente a la lucha armada
subversiva sin atenuantes (Carlos Kunkel fue uno de ellos, quizás el único que
sobrevivió a la dictadura militar). Siete prefirieron quedarse para fundar la
JP Lealtad y seguir la oposición desde adentro (Nilda Garré y Julio Mera
Figueroa figuran en esa lista). Estos siete (junto con Julio Bárbaro) serían
pieza clave en la formación del llamado “Grupo de Trabajo”, equipo de 34
diputados que nos dejaron intencionalmente sin quórum desde octubre de 1975,
extremo que fue usado por las Fuerzas Armadas para aducir que había vacío de
poder y dar el golpe del 24-3-76. ¡Los extremos se tocan… y se ayudan, y bajo
la capa de ser un purista duro, a veces se oculta el rostro de un provocador,
consciente o inconsciente!
Así llegamos al 1º de mayo de 1974, en que
Perón produce dos hechos históricos: expulsa de la Plaza de Mayo a quienes
sostenían que el poder político brota de
la boca de un fusil, y anuncia su Modelo Argentino para el Proyecto Nacional
a todos los argentinos de buena voluntad que seguíamos creyendo que el poder
político legítimo surge sólo de las urnas.
¡Conducciones imberbes y estúpidas! ¿Quien
lo duda?
La conclusión es ineludible:
1.- La conducción montonera nunca fue ideológicamente
peronistas, sino marxistas. Se puede ser legítimamente marxista, liberal,
peronista o lo que se desee. Nadie puede negar a otro ese derecho. Lo que jamás
aceptaremos es que nos quieran hacer pasar gato por liebre. Se es peronista o se
es marxista. Al fin y al cabo, hubo (hay y seguramente habrá siempre) algunos
grupos ideológicamente marxistas que, sin renegar de sus principios ideológicos,
fueron aliados de Perón y del peronismo. El caso más notable es el de la
Izquierda Nacional, nacida al calor de Jorge Abelardo Ramos y Blas Alberti. Es más,
en las épocas en que la mayoría de los dirigentes peronistas defeccionó y
claudicó (igual que hoy…), quienes levantaron con más convicción y fuerza
nuestras banderas fueron los compañeros de la Izquierda Nacional. Me consta
personalmente.
2.- La conducción montonera nunca creyó en,
ni aceptó de buena fe, la jefatura de Perón, sino que infravaloraron al Viejo
en su capacidad de liderazgo y por eso intentaron usarlo. Pero fueron por lana y
salieron trasquilados, y hoy
intentan vengarse de aquella trasquilada histórica, aprovechando la
insospechada casualidad de que el gobierno les cayera del cielo…
o de las manos del otro Duhalde (el que fue presidente “de
emergencia” por un año y cinco meses).
3.- La conducción montonera nunca acató la
indicación de Perón, y de la Constitución también…, de abandonar las armas
ante un gobierno libremente elegido por el pueblo, y transitar los caminos de la
democracia.
En
definitiva, lo de 1973/1974 fue una pulseada entre un león herbívoro, pero no
tonto, que defendía lo suyo (su conducción y su Movimiento, pero
fundamentalmente su país), y algunos avispados (o despistados) imberbes que le
quisieron vender un buzón (al viejo león y al pueblo argentino).
Afortunadamente, no pudieron vendérselo.
Muerto Perón, comienza la matanza de otro
signo, la que producen los grupos de la “derecha” o Triple A y, simultáneamente
se exacerba la de la “izquierda”. La herencia parecía estar próxima.
Ambos bandos apresuraron sus planes para exterminar al competidor.
De ahí en
adelante, la historia de la subversión terrorista de “izquierda” es
más conocida. No vale la pena ahondar en detalles.
Nota
Algunos compañeros de la corriente de Izquierda
Nacional, entre los cuales tengo varios y apreciados amigos, me han hecho notar
que ellos defendieron al gobierno constitucional de Isabel hasta el último
momento, codo a codo con los pocos dirigentes peronistas que dimos la cara en
esas difíciles circunstancias. Doy fe que es cierto, y también que me
brindaron un importante apoyo mientras yo defendí a
Isabel frente al calvario que le hicieron sufrir los militares de la
dictadura.
Otra ayuda apreciable que recibí en esta última
tarea fue la de los compañeros del Partido Comunista Revolucionario que, según
estimo, sostienen ideas cercanas a
las de Mao Tse-tung.
A todos ellos, mi pedido de disculpas por el
involuntario olvido, y mi agradecimiento por la solidaridad que nos demostraron
siempre a nivel político y personal.
Nota V:
La
subversión durante el
gobierno
constitucional
Cuarta
y última parte
Por
Juan Gabriel Labaké
La ideología de los terroristas de
“derecha”
En la década de
1950 (presidencias de Dwight Eisenhower y John Fitzgerald Kennedy, “halcón”
uno y “paloma” el otro: dos caras de la misma moneda imperial) los EEUU
adoptaron la interesada doctrina de la guerra revolucionaria (la del “eje del
mal”, que en ese tiempo era el comunismo soviético) y la
contrarrevolucionaria (la del “eje del bien”, representado siempre por EEUU
por “voluntad de Dios”, perdón, de un inexistente dios).
Dicha doctrina fue difundida y apoyada con toda seriedad por la prensa
seria del mundo entero,
incluida la argentina, claro está. También fue enseñada y promovida “manu
militare” desde la Escuela Militar de las Américas, perteneciente al Comando
Sur del Ejército Norteamericano, cuya sede estaba en la llamada “Franja del
Canal de Panamá”.
Y bien, desde que se
fundó esa escuela y hasta que asumimos el gobierno (25-5-73), entre 1.200 y
1.400 (según los distintos autores) oficiales superiores de las Fuerzas Armadas
¡argentinas! habían sido becados por el Tío Sam para que en ella los
programaran debidamente en la lucha contrarrevolucionaria, que en
última instancia consistía en matar
a los “bolches”, a los “seudobolches”, a los “criptobolches”, a los
amigos, parientes y conocidos de los “bolches” y a quienes figuraran en la
agenda de un “bolche”. La prioridad no era liberarnos de la dependencia,
desarrollar nuestro país, recuperar la justicia social y los resortes de la
soberanía nacional y de nuestra economía, o promover la cultura nacional, sino
ayudar a EEUU en su heroica lucha contra la URSS por la conquista de… los
mercados. De la misma manera en que, hoy, la prioridad del presidente Kirchner
en política exterior es ayudar a los EEUU en su heroica lucha contra el
terrorismo internacional, cuyo brazo más peligroso y activo tiene su sede en…
la Triple Frontera. También de la misma manera en que hay algunos oficiales
superiores retirados de las Fuerzas Armadas ¡¡argentinas!! que recitan, como
si fuera el Credo, los Planes Santa Fe I, II, II y IV, elaborados por el Pentágono
para el control militar de América
latina.
Los 1.200 a 1.400 oficiales
superiores programados de esa forma fueron los principales autores del golpe de
1962 contra Frondizi (en el que tuvo destacada actuación ideológica y
literaria Mariano Grondona), del de 1966 contra Illia (con renovados bríos puestos al servicio de los golpistas por
Mariano Grondona, autor del famoso Comunicado 150, y ayudado por el inefable
“demócrata” e “izquierdista” Jacobo Timerman), y del de 1976 contra
Isabel (apoyado, preparado y fomentado por muchos, muchísimos Mariano Grondona
y Jacobo Timerman, algunos de los cuales vestían nuestra camiseta).
La moral de Grondona, Márquez
y los terroristas de Estado
Para tener una idea cabal
del terrorismo que infundía a la doctrina de la guerra contrarrevolucionaria y
a su hija, la dictadura militar del Proceso,
cito a su principal defensor civil: Nicolás Márquez, periodista del
diario La Nueva Provincia de Bahía
Blanca, quien, en su libro “La otra parte de la verdad”, expresa (pág 78):
“Un brillante
intelectual como Mariano Grondona afirma: ‘(Existe) la racionalidad respecto a los
fines (Maquiavelo: el fin justifica a los medios), y la racionalidad respecto de
los valores (E. Kant: que se haga justicia aunque el mundo perezca). En los
casos límite salta a la vista el conflicto entre ambas racionalidades. Nozick
imagina a un policia que se ha vedado a si mismo torturar en nombre de un valor:
los derechos humanos. Pero ocurre que su prisionero sabe dónde está la bomba
atómica que hará volar la ciudad en un par de horas… ¿Qué hará en este
caso el policia moral? Para que se cumpla un principio, ¿dejará perecer a la
ciudad? Por eso Weber sugiere que no hay una sino dos éticas: la ética de la
convicción (obrar según valores) y la ética de la responsabilidad (medir las
consecuencias prácticas de nuestras acciones). La moral de la convicción es
sostenida habitualmente por teólogos, filósofos y periodistas… la moral de
la responsabilidad es propia de los políticos, los empresarios y los
militares…´”
Hasta ahí las “enseñanzas”
de Grondona, el supuesto especialista en filosofía griega que, por lo visto,
leyó sólo a los sofistas, sin llegar jamás a Sócrates, quien murió por
defender “la moral de la convicción” (¡bueno!... leer a Sócrates es una
hazaña que sólo pudo cumplir en el mundo el ex presidente Menem...).
Hace 20 años, Grondona,
defensor de la tortura, escribió un libro titulado “Bajo el imperio de las
ideas morales”, ¡nada menos! (Sudamericana, Buenos Aires, 1987). En él, este
sofista televisivo “enseña”: “los representantes
más notables de las ideas morales en el mudo actual son, sin
excepción, (los utilitaristas) anglosajones
Rawls, Nozick, Dworkin y Hart”… “La Latinidad no tiene otro modo de
competir con los anglosajones que haciéndoles una reverencia, como hizo Japón
en 1945”… “el utilitarismo no sólo es hedonista, también es
progresista” (¡menos mal!)… “Nozick (¡ahí
lo tienen!) sostiene la legitimidad del ‘Estado mínimo”…
“Por eso, el debate sobre el pensamiento
moral, es hoy un debate anglosajón”. En definitiva, el maestro de la
tortura “grondoniana” y procesista es un anglosajón, utilitarista en
filosofía, y legitimador del Estado mínimo, el concepto central de los
neoliberales (Menem y Cavallo, por ejemplo). Está todo claro.
Nicolás Márquez avala y
alaba la sibilina defensa de la tortura aplicada masivamente por la dictadura
militar, que hace el “brillante intelectual”, y agrega:
“Esta grave
disyuntiva es la que enfrentó Francia con Argelia, y EE.UU. con Vietnam. En la
actualidad, Israel la tiene en su virtual guerra con Palestina y la resolvió
optando por la autorización legal de efectuar interrogatorios bajo tortura y
ejecuciones especiales de adversarios sin juicio previo. Opciones similares
ejerció EE.UU. con los terroristas prisioneros en Guantánamo, o los rusos con
los terroristas chechenios”.
Coincido: los únicos dos
Estados terroristas, que han legalizado la tortura para horror y escarnio de la
Humanidad, son EE.UU. e Israel. Y aclaro:
a)
Israel no está en guerra
con Palestina, sino que invadió a esa nación mártir hace más de medio siglo,
y desde tortura “legalmente” a su pueblo.
b)
De la misma manera, Francia
era un verdadero invasor-torturador colonial de Argelia, y
EE.UU. lo fue en modo neo-colonial de Vietnam, además de serlo de
Afganistán e Irak, y pronto de Irán y quizás de… la Triple Frontera,
siempre con la ley de la tortura en la mano, claro está.
De esa forma, Márquez
pretende justificar la tortura aplicada por los militares “procesistas” y,
sin quererlo, ratifica nuestra afirmación inicial: la ideología y la metodología
usadas por la dictadura militar argentina nacieron en el vientre del monstruo;
nuestros genocidas y torturadores aprendieron “el oficio” de sus maestros
norteamericanos, israelíes y, remotamente, de los franceses, en la citada
Escuela Militar de las Américas del Comando Sur del Ejército Norteamericano.
Los civiles (policías y “voluntarios” de la
Tripe A y otros grupos) sostenían idéntica “ideología”: el “trapo
rojo” debía ser eliminado como única y excluyente prioridad, aun a costa de
torturarlos, para mayor gloria de… EE.UU.
Me libero del trabajo de dar la lista macabra de
atrocidades cometidas por la Triple A y la “derecha”, porque ésa es una
tarea que cumple a la perfección y sin respiro
el gobierno actual. Di el detalle de los similares crímenes de la
“izquierda” porque, en este caso, el matrimonio Kirchner y su equipo guardan
un silencio tan sepulcral como sospechoso (sería muy interesante que los
peronistas Carlos Kunkel, Eduardo Luis Duhalde, Miguel Bonasso y Horacio
Verbitsky nos dieran su versión al respecto… previa autorización del
peronista matrimonio presidencial,
por supuesto).
En su momento, todos fuimos
montoneros
Justo es decirlo: antes del 25 de mayo de 1973,
cuando los montoneros luchaban contra
la dictadura de Onganía y Lanusse, la inmensa mayoría del país los vio con
ojos románticos. Eran los muchachos idealistas que, a semejanza de Fidel y el
Che desde Sierra Maestra, se jugaban la vida por sus ideales. Su lucha ayudaba
en nuestra búsqueda del retorno de la democracia y de Perón.
Nuestra simpatía inicial hacia la guerrilla tuvo
otro motivo: las primeras escaramuzas (Taco
Ralo, etc.) fueron realizadas por peronistas de ley (Gustavo Rearte, “Cacho”
El Kadre, y varios más), que nada tenían que ver en ese entonces con la
tilinguería de “!izquierda”, tipo Mayo francés (1968) o ensalada “católico-marxistas”.
En ese clima, a los “montos” se les perdonó
(les perdonamos) muchas cosas. Incluso,
entre nuestra asunción (25-5-73) y mediados de julio de ese año (en que
comienzan a enfrentar muy abiertamente a Perón y a agraviar a Isabel) varios
diputados nacionales aceptamos conformar con los 15 colegas montoneros un grupo
parlamentario juvenil (aunque yo tenía ya 39 años…) destinado a
contrarrestar la influencia de los “viejos y retardatarios”.
Pero el trabajo legislativo en común con ellos se
tornaba cada día más difícil porque no aceptaban discrepancia alguna sobre
los temas “sensibles” para cualquier
peronista: lealtad a Perón, respeto a Isabel, pluralidad de líneas internas,
convivencia con los aliados del FREJULI y apoyo al pacto social (alentados ambos
públicamente por el General por ser parte esencial de su proyecto de unidad
nacional), etc.
La situación explotó al momento de elegirse la fórmula presidencial: La inapelable e insultante argumentación de los montos se redujo a los gritos de “Si Evita viviera, Isabel sería copera” y “No rompan las bolas, Evita hay una sola”, como si Isabel hubiera mostrado alguna vez el más leve indicio de querer reemplazar a una mujer irreemplazable como Evita.
Entonces dejé de concurrir al grupo parlamentario juvenil de trabajo. Cinco meses después, con motivo de mi defensa del proyecto de reforma del Código Penal, que solicitó en forma expresa Perón en diciembre de 1973, tanto Montoneros como el ERP me condenaron formalmente a muerte, de acuerdo con una nota que recibí en enero de 1974 de ambos grupos subversivos terroristas. La condena “será ejecutada en el momento y en el lugar en que la conducción lo decida”. La verdad es que no hice caso de esas “condenas”, no porque el miedo me fuera ajeno (todos sentíamos miedo, como es humano) sino por aquello de que “perro que ladra no muerde”, y los montos y erpianos habían dado sobradas muestras de que cuando mordían, ¡y vaya si mordían!, lo hacían sin ladrar previamente.
El
1º de julio de ese año de 1974 murió Perón. Para los violentos de la
“izquierda” y de la
“derecha” había llegado el momento que con tanta ansiedad esperaban:
enfrentarse a cara de perro y con las armas en la mano para que uno de ellos, el
que tuviera más poder de fuego y suficiente estómago como para matar más
adversarios (competidores por la herencia del Viejo) se quedara con el botín. Y
asi sucedió: a partir de ese fatídico 1º de julio la carnicería fue atroz.
Las víctimas propiciatorias de esa orgía de sangre fueron, en primer lugar,
los inocentes que murieron por las balas de uno y otro bando, y además el
pueblo argentino en general y el gobierno constitucional de Isabel en
particular.
Buenos Aires, 31 de enero de
2007
Nota VI:
Perón siempre les tendió una mano amiga
Primera
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Mucho
se ha dicho y escrito, por parte de algunos historiadores y políticos
desafectos a Perón (digamos medios gorilas, o gorilas del todo), que el General
traicionó a los montoneros y, una vez usados para acceder al poder, los tiró a
la basura como limón exprimido.
Sin
embargo, los datos de la realidad indican todo lo contrario. Ya hemos demostrado
que tanto Perón como los montoneros se conocían mutuamente a la perfección.
El Viejo, que no era ni tonto ni ciego ni sordo, conocía la verdadera ideología
y las aspiraciones hegemónicas de los “montos” (que incluían el infantil
designio de reemplazarlo a él por
Firmenich). Y los montoneros proclamaban ante quienes quisieran escucharlos sus
diferencias ideológicas con Perón y su ansiosa urgencia de sentar a uno de
ellos en la conducción del Movimiento en el lugar del Viejo.
Además,
los mismos datos de la realidad demuestran, sin ningún lugar a dudas, que Perón
quería disciplinar a la conducción montonera y alejar a esos muchachos de las
armas para que se integraran al trabajo constructivo en democracia, pero no
echarlos del Movimiento.
Pruebas
sobran.
1.- El caso Galimberti
Miguel
Bonasso es, sin dudas, uno de los autores que más odio destilan contra Perón
en sus escritos. En un rapto de “peronofobia” (por no decir gorilismo)
exacerbada, llegó a escribir ese voluminoso libro de más de 600 páginas
(“El presidente que no fue”) con dos obsesivos e inocultables propósitos:
·
denigrar al General: “viejo de mierda”,
“ambicioso”, “envidioso de Cámpora”,
son las palabras más “cariñosas”.
·
demostrar la cuadratura del círculo: “que en 1973, el líder
que reclamaba el pueblo argentino y que tenía derecho prioritario a encabezar
el Movimiento Nacional, no era Perón, sino… Cámpora”, y que “Perón, sólo
por ser un viejo envidioso, lo obligó a Cámpora a renunciar para ocupar su
lugar”.
Sin
embargo, ese visceral y casi cómico enemigo de Perón se ve obligado a
reconocer (pág. 433) que el General tuvo un gesto paternal hacia Galimberti y
Abal Medina, en un momento clave.
Como
se recordará, Galimberti, como Secretario Nacional de la Juventud Peronista
designado por Perón, proclamó en marzo de 1973, infantil e irresponsablemente,
que debíamos crear milicias populares armadas. Por si habían quedado algunas
dudas, apenas triunfamos en la segunda vuelta, y mientras los militares seguían
debatiendo la entrega o no del poder, Galimberti reiteró su peregrina
propuesta.
Abal
Medina, por su lado, como secretario general del Movimiento, había digitado,
con alguna “trampita”, las candidaturas a senador por la Capital Federal:
inventó una inexistente renuncia de Jesús Porto (llegó a “leerla” ante el
Congreso Partidaria Metropolitano), que era el auténtico candidato elegido
estatutariamente, y lo reemplazó en forma alevosa por Marcelo Sánchez Sorondo.
Marcelo era el maestro y virtual padre político-periodístico de Juan Manuel,
desde los tiempos del periódico “Azul y Blanco”, del cual el maestro era el
director propietario, y el alumno, secretario
de redacción.
Sánchez
Sorondo tenía fama, estimo que injustificada, de ser anti-judío y pro-nazi,
fama que nacía por ser hijo de Matías Sánchez Sorondo, uno de los asesores
del general Uriburu en el golpe de 1930, y él, sí, de ideas al menos
“filonazi”. Con un electorado porteño, en el que pesaban apreciablemente
los casi 400.000 judíos que vivían en ese entonces en la Capital, el cambio
era suicida. Y lo fue. Perdimos el segundo senador por la Ciudad de
Buenos Aires en la segunda vuelta. Triunfó, gracias al error de Juan Manuel, el
candidato radical Fernando De La Rúa, un cordobés bastante desconocido y opaco
hasta ese momento. Los memoriosos, que recuerdan cómo Abal Medina lo hizo
grande a De La Rúa, jamás le han perdonado a Juan Manuel esa “trampita”.
Pocos
días después de la segunda vuelta electoral de abril, el General llamó a
Madrid a su plana mayor: Cámpora, Abal Medina, Galimberti y algunos más. Con
la cara que es de suponer por las dos “metidas de pata” de los jóvenes
dirigentes, el Viejo los reprendió, siempre como un padre, pero como un padre
enojado, y pidió la renuncia de Galimberti.
Con
Juan Manuel se pueden tener muchas disidencias ideológicas y políticas, pero
nadie puede desconocer su línea de conducta sin fisuras. Al día siguiente elevó
su renuncia como secretario general del Movimiento a Perón, en un sobre cerrado
que entregó a Cámpora, y éste al General. El Viejo lo llamó poco después,
le entregó el sobre aún cerrado, y le pidió que se quedara porque “el
asunto no era contra él”. A continuación, Perón le explicó “que
Galimberti debía salir de la conducción para no entorpecer un gobierno de
unidad nacional, pero que se lo debía tener en cuenta en la reorganización del
Movimiento” (Bonasso, pág. 433).
Sólo
un resentido muy sectario y obnubilado por el rencor puede seguir afirmando,
luego de conocer ese gesto paternal del General, que Perón odiaba a los
montoneros y que fue él quien ordenó su exterminio físico.
2.- Una revolución con fusiles y sin
diputados
El
mismo Bonasso (pág-332) se queja del infantilismo de la conducción montonera
que, mientras se “cocinaban”
las listas de candidatos, no quería aceptar las bancas parlamentarias que se
les ofrecían. Es decir, nadie los corrió, ni Perón les negó su lugar.
Ellos mismos, alucinados por los fusiles, despreciaron las bancas.
Recuerdo
bien que el General dispuso que, de la “vieja” división tripartita de
candidaturas y cargos partidarios (partes iguales para las tres “ramas”: política,
femenina y gremial) se pasara a una cuatripartita, agregando justamente la
cuarta rama, que era la juvenil. De ese modo, la indicación precisa fue que las
candidaturas se distribuyeran a razón del 25% para
cada “rama”. Bonasso nos
informa, ahora, que esa proporción no se alcanzó respecto de la Juventud
Peronista, sólo por el revolucionarismo infantil de la conducción montonera:
“En esos días, Beto,
el Canca y otros “jetones” como “el Perejil” Leonardo Bettanin…discutían sobre posibles
candidatos de la Rama… (en esos casos) no
faltaba el ‘oscuro’ que, mitad en broma y mitad en serio, deslizaba la
sospecha de que el compañero se estaba convirtiendo en “burócrata” y podía
estar acariciando, incluso, la idea abominable de ser diputado”.
Luego
dirían (Bonasso en primer lugar) que Perón programó y llevó adelante, desde
el comienzo, una verdadera persecución contra ellos, que les negaba su legítimo
lugar en el Movimiento, y otras fantasías por el estilo que les servían como
pretexto para… no largar las amadas armas.
Digamos,
de paso, que Amorín, en la pág.
266 de su libro “Montoneros: la buena historia”, aclara que “Beto”
es el ex dirigente montonero Juan Salinas. Y agrego yo: ese mismo Juan Salinas
fue “becado” en 1997 por la sionista organización DAIA, para escribir el
libro “AMIA: el atentado”, que sirvió de base fundamental para acusar falsa
y maliciosamente de ese horrible crimen a los “árabes musulmanes”, entre
ellos a mi defendido Kanoore Edul. ¡Viene de lejos el muchacho! Es que el
terrorismo, el verdadero, no el que nos “vende” la historia oficial
difundida por la prensa “oficializada” gracias a una montaña de dólares, o
de Banelcos en pesos, tiene razones que la razón no entiende… y tiene orígenes
inconfesables e impensables.
3.- Una oferta nunca transmitida
Según
relata el citado ex montonero José Amorín (pág. 246):
“En abril de 1973
(es
decir luego de que el General defenestró a Galimberti por su disparatada
propuesta de crear milicias populares), Perdía, Quieto y Firmenich se reunieron con Perón en Madrid. Al
respecto, Perdía escribió:
“Perón destaco que los próximos
cuatro años debíamos utilizarlos para aprender a gobernar y asegurar un eficaz
trasvasamiento en el Movimiento y en el país. Manifestó que asumía la
responsabilidad de asegurar que, progresivamente, se nos fueran asignando
crecientes responsabilidades. Argumentó sobre la necesidad de avanzar en la
organización popular y (…) veía en las tareas de promoción social una
manera eficaz para darle continuidad a nuestra organización. (…) El general
Perón le manifestó en esa oportunidad (a Bidegain) la conveniencia de integrar
a su próximo gabinete a algunos muchachos de la Juventud Peronista para que se
fueran acostumbrando a gobernar”.
Amorín
reconoce que al sugerirles que se hicieran “cargo del trabajo social”, Perón
les estaba ofreciendo el Ministerio de Bienestar Social el cual, en las propias
palabras de Amorín, “ante
nuestro rechazo, quedo en manos de Lopez Rega”.
(…)…”significaba, nada más ni nada
menos, que fortalecer el crecimiento de nuestra Organización en las bases
peronistas y, con ello, darnos una autentica posibilidad de lograr, en cuatro años,
la hegemonía política del movimiento peronista. Nos heredaba el Movimiento,
nos ofrecía el futuro porque, digámoslo de una buena vez, el presente era él,
el propio Perón”.
Aunque
parezca mentira, y siempre según Amorín,
“la conducción nacional de
Montoneros jamás informo a sus cuadros de esa oferta”.
Perdía
y Amorín tienen razón: varias veces Perón les ofreció integrarse al
Movimiento, porque quería que lo heredara “la juventud maravillosa”, pero
sin las armas, sin tirar un viejo por la ventana cada mañana, sin
apresuramientos infantiles, sin ínfulas de hegemonía. Es decir, que primero
“se hiciera” peronistas…
Es
que la conducción montonera ya había decidido transformarse en un partido
leninista, con una organización interna férreamente dictatorial, y por ello
consolidó su estructura militar aún después de nuestro triunfo electoral del
11-03-73.
Esa
increíble ceguera de la conducción de Montoneros, que despreció la herencia
pacífica para abrazar la guerra suicida y transformarse en un partido de tipo
leninista, está relatada por Amorín en numerosas páginas del libro citado.
La
sinceridad y la capacidad de análisis de Amorín nos ha permitido conocer la
base fundamental de la tragedia que sobrevino: los montoneros nunca fueron
peronistas; desde su nacimiento sostuvieron una posición ideológica distinta a
la del General, y siempre, por las razones que expuse en las notas anteriores,
entre la sangre y el tiempo optaron por la sangre, mientras que Perón prefirió
el tiempo (salvo cuando sus enemigos no le dejaron otro camino).
Buenos
Aires 2 de febrero de 2007.
Juan
Gabriel Labaké
Nota
Importante
Por
ser de especial interés para todos, envío el texto del artículo 1º del
Decreto Nº 1.800, dictado por la presidente Isabel Perón el 7-7-75, y
publicado en el Boletín Oficial
del 17 del mismo mes:
“Toda vez que en la ejecución de operaciones
militares antisubversivas, la autoridad militar deba poner a disposición del
magistrado federal competente a una persona o a elementos secuestrados, como
consecuencia de dichas operaciones, lo hará acompañando las actuaciones que en
el orden militar deberán labrase con tal motivo, juntamente con las piezas
probatorias, si las hubiere”.
Es
decir, los militares no solo debían poner los prisioneros a disposición del
juez, sino que se les exigía justificar debidamente cada detención.
Espero que, después de la difusión del Decreto 1.800/75, ningún juez “distraído”, ni ningún funcionario “setentista” resentido, insista en culpar a Isabel por los excesos cometidos por las FFAA en la represión de la subversión terrorista durante nuestro gobierno constitucional. Lo que hicieron los genocidas después del 24-3-76 es ya responsabilidad exclusiva de ellos… aunque también de los que, consciente o inconscientemente, desde la “derecha” y desde la “izquierda”, les hicieron el caldo gordo para que perpetraran ese cuartelazo criminal y fatídico.
Nota V:
La
subversión durante el
gobierno
constitucional
Cuarta
y última parte
Por
Juan Gabriel Labaké
La ideología de los terroristas de
“derecha”
En la década de
1950 (presidencias de Dwight Eisenhower y John Fitzgerald Kennedy, “halcón”
uno y “paloma” el otro: dos caras de la misma moneda imperial) los EEUU
adoptaron la interesada doctrina de la guerra revolucionaria (la del “eje del
mal”, que en ese tiempo era el comunismo soviético) y la
contrarrevolucionaria (la del “eje del bien”, representado siempre por EEUU
por “voluntad de Dios”, perdón, de un inexistente dios).
Dicha doctrina fue difundida y apoyada con toda seriedad por la prensa
seria del mundo entero,
incluida la argentina, claro está. También fue enseñada y promovida “manu
militare” desde la Escuela Militar de las Américas, perteneciente al Comando
Sur del Ejército Norteamericano, cuya sede estaba en la llamada “Franja del
Canal de Panamá”.
Y bien, desde que se
fundó esa escuela y hasta que asumimos el gobierno (25-5-73), entre 1.200 y
1.400 (según los distintos autores) oficiales superiores de las Fuerzas Armadas
¡argentinas! habían sido becados por el Tío Sam para que en ella los
programaran debidamente en la lucha contrarrevolucionaria, que en
última instancia consistía en matar
a los “bolches”, a los “seudobolches”, a los “criptobolches”, a los
amigos, parientes y conocidos de los “bolches” y a quienes figuraran en la
agenda de un “bolche”. La prioridad no era liberarnos de la dependencia,
desarrollar nuestro país, recuperar la justicia social y los resortes de la
soberanía nacional y de nuestra economía, o promover la cultura nacional, sino
ayudar a EEUU en su heroica lucha contra la URSS por la conquista de… los
mercados. De la misma manera en que, hoy, la prioridad del presidente Kirchner
en política exterior es ayudar a los EEUU en su heroica lucha contra el
terrorismo internacional, cuyo brazo más peligroso y activo tiene su sede en…
la Triple Frontera. También de la misma manera en que hay algunos oficiales
superiores retirados de las Fuerzas Armadas ¡¡argentinas!! que recitan, como
si fuera el Credo, los Planes Santa Fe I, II, II y IV, elaborados por el Pentágono
para el control militar de América
latina.
Los 1.200 a 1.400 oficiales
superiores programados de esa forma fueron los principales autores del golpe de
1962 contra Frondizi (en el que tuvo destacada actuación ideológica y
literaria Mariano Grondona), del de 1966 contra Illia (con renovados bríos puestos al servicio de los golpistas por
Mariano Grondona, autor del famoso Comunicado 150, y ayudado por el inefable
“demócrata” e “izquierdista” Jacobo Timerman), y del de 1976 contra
Isabel (apoyado, preparado y fomentado por muchos, muchísimos Mariano Grondona
y Jacobo Timerman, algunos de los cuales vestían nuestra camiseta).
La moral de Grondona, Márquez
y los terroristas de Estado
Para tener una idea cabal
del terrorismo que infundía a la doctrina de la guerra contrarrevolucionaria y
a su hija, la dictadura militar del Proceso,
cito a su principal defensor civil: Nicolás Márquez, periodista del
diario La Nueva Provincia de Bahía
Blanca, quien, en su libro “La otra parte de la verdad”, expresa (pág 78):
“Un brillante
intelectual como Mariano Grondona afirma: ‘(Existe) la racionalidad respecto a los
fines (Maquiavelo: el fin justifica a los medios), y la racionalidad respecto de
los valores (E. Kant: que se haga justicia aunque el mundo perezca). En los
casos límite salta a la vista el conflicto entre ambas racionalidades. Nozick
imagina a un policia que se ha vedado a si mismo torturar en nombre de un valor:
los derechos humanos. Pero ocurre que su prisionero sabe dónde está la bomba
atómica que hará volar la ciudad en un par de horas… ¿Qué hará en este
caso el policia moral? Para que se cumpla un principio, ¿dejará perecer a la
ciudad? Por eso Weber sugiere que no hay una sino dos éticas: la ética de la
convicción (obrar según valores) y la ética de la responsabilidad (medir las
consecuencias prácticas de nuestras acciones). La moral de la convicción es
sostenida habitualmente por teólogos, filósofos y periodistas… la moral de
la responsabilidad es propia de los políticos, los empresarios y los
militares…´”
Hasta ahí las “enseñanzas”
de Grondona, el supuesto especialista en filosofía griega que, por lo visto,
leyó sólo a los sofistas, sin llegar jamás a Sócrates, quien murió por
defender “la moral de la convicción” (¡bueno!... leer a Sócrates es una
hazaña que sólo pudo cumplir en el mundo el ex presidente Menem...).
Hace 20 años, Grondona,
defensor de la tortura, escribió un libro titulado “Bajo el imperio de las
ideas morales”, ¡nada menos! (Sudamericana, Buenos Aires, 1987). En él, este
sofista televisivo “enseña”: “los representantes
más notables de las ideas morales en el mudo actual son, sin
excepción, (los utilitaristas) anglosajones
Rawls, Nozick, Dworkin y Hart”… “La Latinidad no tiene otro modo de
competir con los anglosajones que haciéndoles una reverencia, como hizo Japón
en 1945”… “el utilitarismo no sólo es hedonista, también es
progresista” (¡menos mal!)… “Nozick (¡ahí
lo tienen!) sostiene la legitimidad del ‘Estado mínimo”…
“Por eso, el debate sobre el pensamiento
moral, es hoy un debate anglosajón”. En definitiva, el maestro de la
tortura “grondoniana” y procesista es un anglosajón, utilitarista en
filosofía, y legitimador del Estado mínimo, el concepto central de los
neoliberales (Menem y Cavallo, por ejemplo). Está todo claro.
Nicolás Márquez avala y
alaba la sibilina defensa de la tortura aplicada masivamente por la dictadura
militar, que hace el “brillante intelectual”, y agrega:
“Esta grave
disyuntiva es la que enfrentó Francia con Argelia, y EE.UU. con Vietnam. En la
actualidad, Israel la tiene en su virtual guerra con Palestina y la resolvió
optando por la autorización legal de efectuar interrogatorios bajo tortura y
ejecuciones especiales de adversarios sin juicio previo. Opciones similares
ejerció EE.UU. con los terroristas prisioneros en Guantánamo, o los rusos con
los terroristas chechenios”.
Coincido: los únicos dos
Estados terroristas, que han legalizado la tortura para horror y escarnio de la
Humanidad, son EE.UU. e Israel. Y aclaro:
a)
Israel no está en guerra
con Palestina, sino que invadió a esa nación mártir hace más de medio siglo,
y desde tortura “legalmente” a su pueblo.
b)
De la misma manera, Francia
era un verdadero invasor-torturador colonial de Argelia, y
EE.UU. lo fue en modo neo-colonial de Vietnam, además de serlo de
Afganistán e Irak, y pronto de Irán y quizás de… la Triple Frontera,
siempre con la ley de la tortura en la mano, claro está.
De esa forma, Márquez
pretende justificar la tortura aplicada por los militares “procesistas” y,
sin quererlo, ratifica nuestra afirmación inicial: la ideología y la metodología
usadas por la dictadura militar argentina nacieron en el vientre del monstruo;
nuestros genocidas y torturadores aprendieron “el oficio” de sus maestros
norteamericanos, israelíes y, remotamente, de los franceses, en la citada
Escuela Militar de las Américas del Comando Sur del Ejército Norteamericano.
Los civiles (policías y “voluntarios” de la
Tripe A y otros grupos) sostenían idéntica “ideología”: el “trapo
rojo” debía ser eliminado como única y excluyente prioridad, aun a costa de
torturarlos, para mayor gloria de… EE.UU.
Me libero del trabajo de dar la lista macabra de
atrocidades cometidas por la Triple A y la “derecha”, porque ésa es una
tarea que cumple a la perfección y sin respiro
el gobierno actual. Di el detalle de los similares crímenes de la
“izquierda” porque, en este caso, el matrimonio Kirchner y su equipo guardan
un silencio tan sepulcral como sospechoso (sería muy interesante que los
peronistas Carlos Kunkel, Eduardo Luis Duhalde, Miguel Bonasso y Horacio
Verbitsky nos dieran su versión al respecto… previa autorización del
peronista matrimonio presidencial,
por supuesto).
En su momento, todos fuimos
montoneros
Justo es decirlo: antes del 25 de mayo de 1973,
cuando los montoneros luchaban contra
la dictadura de Onganía y Lanusse, la inmensa mayoría del país los vio con
ojos románticos. Eran los muchachos idealistas que, a semejanza de Fidel y el
Che desde Sierra Maestra, se jugaban la vida por sus ideales. Su lucha ayudaba
en nuestra búsqueda del retorno de la democracia y de Perón.
Nuestra simpatía inicial hacia la guerrilla tuvo
otro motivo: las primeras escaramuzas (Taco
Ralo, etc.) fueron realizadas por peronistas de ley (Gustavo Rearte, “Cacho”
El Kadre, y varios más), que nada tenían que ver en ese entonces con la
tilinguería de “!izquierda”, tipo Mayo francés (1968) o ensalada “católico-marxistas”.
En ese clima, a los “montos” se les perdonó
(les perdonamos) muchas cosas. Incluso,
entre nuestra asunción (25-5-73) y mediados de julio de ese año (en que
comienzan a enfrentar muy abiertamente a Perón y a agraviar a Isabel) varios
diputados nacionales aceptamos conformar con los 15 colegas montoneros un grupo
parlamentario juvenil (aunque yo tenía ya 39 años…) destinado a
contrarrestar la influencia de los “viejos y retardatarios”.
Pero el trabajo legislativo en común con ellos se
tornaba cada día más difícil porque no aceptaban discrepancia alguna sobre
los temas “sensibles” para cualquier
peronista: lealtad a Perón, respeto a Isabel, pluralidad de líneas internas,
convivencia con los aliados del FREJULI y apoyo al pacto social (alentados ambos
públicamente por el General por ser parte esencial de su proyecto de unidad
nacional), etc.
La situación explotó al momento de elegirse la fórmula presidencial: La inapelable e insultante argumentación de los montos se redujo a los gritos de “Si Evita viviera, Isabel sería copera” y “No rompan las bolas, Evita hay una sola”, como si Isabel hubiera mostrado alguna vez el más leve indicio de querer reemplazar a una mujer irreemplazable como Evita.
Entonces dejé de concurrir al grupo parlamentario juvenil de trabajo. Cinco meses después, con motivo de mi defensa del proyecto de reforma del Código Penal, que solicitó en forma expresa Perón en diciembre de 1973, tanto Montoneros como el ERP me condenaron formalmente a muerte, de acuerdo con una nota que recibí en enero de 1974 de ambos grupos subversivos terroristas. La condena “será ejecutada en el momento y en el lugar en que la conducción lo decida”. La verdad es que no hice caso de esas “condenas”, no porque el miedo me fuera ajeno (todos sentíamos miedo, como es humano) sino por aquello de que “perro que ladra no muerde”, y los montos y erpianos habían dado sobradas muestras de que cuando mordían, ¡y vaya si mordían!, lo hacían sin ladrar previamente.
El
1º de julio de ese año de 1974 murió Perón. Para los violentos de la
“izquierda” y de la
“derecha” había llegado el momento que con tanta ansiedad esperaban:
enfrentarse a cara de perro y con las armas en la mano para que uno de ellos, el
que tuviera más poder de fuego y suficiente estómago como para matar más
adversarios (competidores por la herencia del Viejo) se quedara con el botín. Y
asi sucedió: a partir de ese fatídico 1º de julio la carnicería fue atroz.
Las víctimas propiciatorias de esa orgía de sangre fueron, en primer lugar,
los inocentes que murieron por las balas de uno y otro bando, y además el
pueblo argentino en general y el gobierno constitucional de Isabel en
particular.
Nota VI:
Perón siempre les tendió una mano amiga
Primera
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Mucho
se ha dicho y escrito, por parte de algunos historiadores y políticos
desafectos a Perón (digamos medios gorilas, o gorilas del todo), que el General
traicionó a los montoneros y, una vez usados para acceder al poder, los tiró a
la basura como limón exprimido.
Sin
embargo, los datos de la realidad indican todo lo contrario. Ya hemos demostrado
que tanto Perón como los montoneros se conocían mutuamente a la perfección.
El Viejo, que no era ni tonto ni ciego ni sordo, conocía la verdadera ideología
y las aspiraciones hegemónicas de los “montos” (que incluían el infantil
designio de reemplazarlo a él por
Firmenich). Y los montoneros proclamaban ante quienes quisieran escucharlos sus
diferencias ideológicas con Perón y su ansiosa urgencia de sentar a uno de
ellos en la conducción del Movimiento en el lugar del Viejo.
Además,
los mismos datos de la realidad demuestran, sin ningún lugar a dudas, que Perón
quería disciplinar a la conducción montonera y alejar a esos muchachos de las
armas para que se integraran al trabajo constructivo en democracia, pero no
echarlos del Movimiento.
Pruebas
sobran.
1.- El caso Galimberti
Miguel
Bonasso es, sin dudas, uno de los autores que más odio destilan contra Perón
en sus escritos. En un rapto de “peronofobia” (por no decir gorilismo)
exacerbada, llegó a escribir ese voluminoso libro de más de 600 páginas
(“El presidente que no fue”) con dos obsesivos e inocultables propósitos:
·
denigrar al General: “viejo de mierda”,
“ambicioso”, “envidioso de Cámpora”,
son las palabras más “cariñosas”.
·
demostrar la cuadratura del círculo: “que en 1973, el líder
que reclamaba el pueblo argentino y que tenía derecho prioritario a encabezar
el Movimiento Nacional, no era Perón, sino… Cámpora”, y que “Perón, sólo
por ser un viejo envidioso, lo obligó a Cámpora a renunciar para ocupar su
lugar”.
Sin
embargo, ese visceral y casi cómico enemigo de Perón se ve obligado a
reconocer (pág. 433) que el General tuvo un gesto paternal hacia Galimberti y
Abal Medina, en un momento clave.
Como
se recordará, Galimberti, como Secretario Nacional de la Juventud Peronista
designado por Perón, proclamó en marzo de 1973, infantil e irresponsablemente,
que debíamos crear milicias populares armadas. Por si habían quedado algunas
dudas, apenas triunfamos en la segunda vuelta, y mientras los militares seguían
debatiendo la entrega o no del poder, Galimberti reiteró su peregrina
propuesta.
Abal
Medina, por su lado, como secretario general del Movimiento, había digitado,
con alguna “trampita”, las candidaturas a senador por la Capital Federal:
inventó una inexistente renuncia de Jesús Porto (llegó a “leerla” ante el
Congreso Partidaria Metropolitano), que era el auténtico candidato elegido
estatutariamente, y lo reemplazó en forma alevosa por Marcelo Sánchez Sorondo.
Marcelo era el maestro y virtual padre político-periodístico de Juan Manuel,
desde los tiempos del periódico “Azul y Blanco”, del cual el maestro era el
director propietario, y el alumno, secretario
de redacción.
Sánchez
Sorondo tenía fama, estimo que injustificada, de ser anti-judío y pro-nazi,
fama que nacía por ser hijo de Matías Sánchez Sorondo, uno de los asesores
del general Uriburu en el golpe de 1930, y él, sí, de ideas al menos
“filonazi”. Con un electorado porteño, en el que pesaban apreciablemente
los casi 400.000 judíos que vivían en ese entonces en la Capital, el cambio
era suicida. Y lo fue. Perdimos el segundo senador por la Ciudad de
Buenos Aires en la segunda vuelta. Triunfó, gracias al error de Juan Manuel, el
candidato radical Fernando De La Rúa, un cordobés bastante desconocido y opaco
hasta ese momento. Los memoriosos, que recuerdan cómo Abal Medina lo hizo
grande a De La Rúa, jamás le han perdonado a Juan Manuel esa “trampita”.
Pocos
días después de la segunda vuelta electoral de abril, el General llamó a
Madrid a su plana mayor: Cámpora, Abal Medina, Galimberti y algunos más. Con
la cara que es de suponer por las dos “metidas de pata” de los jóvenes
dirigentes, el Viejo los reprendió, siempre como un padre, pero como un padre
enojado, y pidió la renuncia de Galimberti.
Con
Juan Manuel se pueden tener muchas disidencias ideológicas y políticas, pero
nadie puede desconocer su línea de conducta sin fisuras. Al día siguiente elevó
su renuncia como secretario general del Movimiento a Perón, en un sobre cerrado
que entregó a Cámpora, y éste al General. El Viejo lo llamó poco después,
le entregó el sobre aún cerrado, y le pidió que se quedara porque “el
asunto no era contra él”. A continuación, Perón le explicó “que
Galimberti debía salir de la conducción para no entorpecer un gobierno de
unidad nacional, pero que se lo debía tener en cuenta en la reorganización del
Movimiento” (Bonasso, pág. 433).
Sólo
un resentido muy sectario y obnubilado por el rencor puede seguir afirmando,
luego de conocer ese gesto paternal del General, que Perón odiaba a los
montoneros y que fue él quien ordenó su exterminio físico.
2.- Una revolución con fusiles y sin
diputados
El
mismo Bonasso (pág-332) se queja del infantilismo de la conducción montonera
que, mientras se “cocinaban”
las listas de candidatos, no quería aceptar las bancas parlamentarias que se
les ofrecían. Es decir, nadie los corrió, ni Perón les negó su lugar.
Ellos mismos, alucinados por los fusiles, despreciaron las bancas.
Recuerdo
bien que el General dispuso que, de la “vieja” división tripartita de
candidaturas y cargos partidarios (partes iguales para las tres “ramas”: política,
femenina y gremial) se pasara a una cuatripartita, agregando justamente la
cuarta rama, que era la juvenil. De ese modo, la indicación precisa fue que las
candidaturas se distribuyeran a razón del 25% para
cada “rama”. Bonasso nos
informa, ahora, que esa proporción no se alcanzó respecto de la Juventud
Peronista, sólo por el revolucionarismo infantil de la conducción montonera:
“En esos días, Beto,
el Canca y otros “jetones” como “el Perejil” Leonardo Bettanin…discutían sobre posibles
candidatos de la Rama… (en esos casos) no
faltaba el ‘oscuro’ que, mitad en broma y mitad en serio, deslizaba la
sospecha de que el compañero se estaba convirtiendo en “burócrata” y podía
estar acariciando, incluso, la idea abominable de ser diputado”.
Luego
dirían (Bonasso en primer lugar) que Perón programó y llevó adelante, desde
el comienzo, una verdadera persecución contra ellos, que les negaba su legítimo
lugar en el Movimiento, y otras fantasías por el estilo que les servían como
pretexto para… no largar las amadas armas.
Digamos,
de paso, que Amorín, en la pág.
266 de su libro “Montoneros: la buena historia”, aclara que “Beto”
es el ex dirigente montonero Juan Salinas. Y agrego yo: ese mismo Juan Salinas
fue “becado” en 1997 por la sionista organización DAIA, para escribir el
libro “AMIA: el atentado”, que sirvió de base fundamental para acusar falsa
y maliciosamente de ese horrible crimen a los “árabes musulmanes”, entre
ellos a mi defendido Kanoore Edul. ¡Viene de lejos el muchacho! Es que el
terrorismo, el verdadero, no el que nos “vende” la historia oficial
difundida por la prensa “oficializada” gracias a una montaña de dólares, o
de Banelcos en pesos, tiene razones que la razón no entiende… y tiene orígenes
inconfesables e impensables.
3.- Una oferta nunca transmitida
Según
relata el citado ex montonero José Amorín (pág. 246):
“En abril de 1973
(es
decir luego de que el General defenestró a Galimberti por su disparatada
propuesta de crear milicias populares), Perdía, Quieto y Firmenich se reunieron con Perón en Madrid. Al
respecto, Perdía escribió:
“Perón destaco que los próximos
cuatro años debíamos utilizarlos para aprender a gobernar y asegurar un eficaz
trasvasamiento en el Movimiento y en el país. Manifestó que asumía la
responsabilidad de asegurar que, progresivamente, se nos fueran asignando
crecientes responsabilidades. Argumentó sobre la necesidad de avanzar en la
organización popular y (…) veía en las tareas de promoción social una
manera eficaz para darle continuidad a nuestra organización. (…) El general
Perón le manifestó en esa oportunidad (a Bidegain) la conveniencia de integrar
a su próximo gabinete a algunos muchachos de la Juventud Peronista para que se
fueran acostumbrando a gobernar”.
Amorín
reconoce que al sugerirles que se hicieran “cargo del trabajo social”, Perón
les estaba ofreciendo el Ministerio de Bienestar Social el cual, en las propias
palabras de Amorín, “ante
nuestro rechazo, quedo en manos de Lopez Rega”.
(…)…”significaba, nada más ni nada
menos, que fortalecer el crecimiento de nuestra Organización en las bases
peronistas y, con ello, darnos una autentica posibilidad de lograr, en cuatro años,
la hegemonía política del movimiento peronista. Nos heredaba el Movimiento,
nos ofrecía el futuro porque, digámoslo de una buena vez, el presente era él,
el propio Perón”.
Aunque
parezca mentira, y siempre según Amorín,
“la conducción nacional de
Montoneros jamás informo a sus cuadros de esa oferta”.
Perdía
y Amorín tienen razón: varias veces Perón les ofreció integrarse al
Movimiento, porque quería que lo heredara “la juventud maravillosa”, pero
sin las armas, sin tirar un viejo por la ventana cada mañana, sin
apresuramientos infantiles, sin ínfulas de hegemonía. Es decir, que primero
“se hiciera” peronistas…
Es
que la conducción montonera ya había decidido transformarse en un partido
leninista, con una organización interna férreamente dictatorial, y por ello
consolidó su estructura militar aún después de nuestro triunfo electoral del
11-03-73.
Esa
increíble ceguera de la conducción de Montoneros, que despreció la herencia
pacífica para abrazar la guerra suicida y transformarse en un partido de tipo
leninista, está relatada por Amorín en numerosas páginas del libro citado.
La
sinceridad y la capacidad de análisis de Amorín nos ha permitido conocer la
base fundamental de la tragedia que sobrevino: los montoneros nunca fueron
peronistas; desde su nacimiento sostuvieron una posición ideológica distinta a
la del General, y siempre, por las razones que expuse en las notas anteriores,
entre la sangre y el tiempo optaron por la sangre, mientras que Perón prefirió
el tiempo (salvo cuando sus enemigos no le dejaron otro camino).
Buenos
Aires 2 de febrero de 2007.
Juan
Gabriel Labaké
Nota
Importante
Por
ser de especial interés para todos, envío el texto del artículo 1º del
Decreto Nº 1.800, dictado por la presidente Isabel Perón el 7-7-75, y
publicado en el Boletín Oficial
del 17 del mismo mes:
“Toda vez que en la ejecución de operaciones
militares antisubversivas, la autoridad militar deba poner a disposición del
magistrado federal competente a una persona o a elementos secuestrados, como
consecuencia de dichas operaciones, lo hará acompañando las actuaciones que en
el orden militar deberán labrase con tal motivo, juntamente con las piezas
probatorias, si las hubiere”.
Es
decir, los militares no solo debían poner los prisioneros a disposición del
juez, sino que se les exigía justificar debidamente cada detención.
Espero
que, después de la difusión del Decreto 1.800/75, ningún juez “distraído”,
ni ningún funcionario “setentista” resentido, insista en culpar a Isabel
por los excesos cometidos por las FFAA en la represión de la subversión
terrorista durante nuestro gobierno constitucional. Lo que hicieron los
genocidas después del 24-3-76 es ya responsabilidad exclusiva de ellos…
aunque también de los que, consciente o inconscientemente, desde la
“derecha” y desde la “izquierda”, les hicieron el caldo gordo para que
perpetraran ese cuartelazo criminal y fatídico.
Nota VII:
Perón siempre les tendió una mano amiga
Segunda
y última parte
Por
Juan Gabriel Labaké
4.- No al acuerdo con Perón, sí a los
fusiles
Y
hay más. El 6 setiembre de 1973, es decir pocos días antes de que Perón fuera
plebiscitado en las elecciones del 23-09-73, y de que los montoneros asesinaran
a Rucci el 25-09-73, el General mantuvo otra reunión conciliatoria con
Firmenich y Quieto. Según reconoce Amorín (página 247):
“El Viejo les ofreció un
acuerdo: los montoneros seguiríamos al frente de la juventud, de la Universidad
y de los espacios de poder en el Estado que teníamos hasta ese momento, y
podríamos actuar en el Partido Justicialista, al cual el Viejo nunca le dio
mucha importancia, dentro de los límites impuestos por los estatutos
partidarios, él no iba a interferir. Como contrapartida nos exigió respeto al
Pacto Social y que dejáramos de meternos con el sindicalismo”. (…)
Firmenich, en la reunión de la conducción nacional interpretó: El Viejo nos
da lo que ya tenemos y a cambio quiere que disolvamos la Juventud Trabajadora
Peronista”.
¡Increíble
ceguera e insondable soberbia!
Al
salir de esa reunión con Perón fue cuando Firmenich desafió a los dioses. Los
periodistas le preguntaron si Montoneros abandonaría las armas, y el imberbe
adolescente (y por lo visto algo más…) respondió:
“De ninguna manera, porque el poder
político brota de la boca de un fúsil”.
5.- “Les pido paciencia y paz”
También
según Bonasso:
“El 25 de abril, el Viejo se
reunió con todos los grupos de la Juventud Peronista (agrego yo: con todos, sin excepción)
y les pidió paciencia y paz para el próximo 1º de
Mayo” (de 1974).
Para
ser honestos, debemos reconocer que los jóvenes de la “derecha” obedecieron
e hicieron buena letra, al menos en esa ocasión…, pero los de la
“izquierda” repitieron su vieja costumbre: le aguaron la fiesta al General.
6.- … usted es el responsable
Contó
el doctor Oscar Alende (cofundador, junto con Arturo Frondizi, de la Unión
Cívica Radical Intransigente, ex gobernador de Buenos Aires y candidato
presidencial en la formula Alende-sueldo en 1973 por la Alianza Popular
Revolucionaria) que el 01-05-74, una vez terminado el acto en la Plaza de Mayo
en donde el General dijo aquello de “imberbes estúpidos”, dirigiéndose a
López Rega lo conminó:
“No quiero que ocurra
absolutamente nada y usted es el responsable”.
El
episodio lo relató Alende a Felipe Pigna, y lo transcribe José Amorín en el
mencionado libro “Montoneros: la buena historia”. El propio Amorín, que
estuvo en esa Plaza todavía como montonero, reconoce que, sin esas palabras de
Perón, esa noche se habría producido una masacre similar a la de Ezeiza.
7.- Un intento más
Otro
ejemplo del real deseo de Perón respecto de los montoneros lo da Amorín, en el
mismo libro arriba citado. En la pág. 256 reconoce que:
“Después del asesinado de
Rucci, Hobert (uno de los principales dirigentes montoneros), secundado
por el Canca Gullo, Perdía y, talvez, también por Dardo Cabo, hicieron lo
imposible por arreglar los tantos con el sindicalismo y con Perón. Sé que
llegaron a un acuerdo con Lorenzo Miguel y que el Viejo se sentía predispuesto
a conciliar. Y sé que, como hecho simbólico del potencial acuerdo, apostaron a
la manifestación del 1º de mayo del ’74. Pero, como tantas veces sucede en
la historia de las revoluciones, los insensatos les ganaron de mano”.
Es
de destacar que, por lo que dice Amorín, Perón se sentía dispuesto a
conciliar aún después del alevoso asesinato de Rucci y antes del 1º de Mayo
de 1974.
8.- El postrer esfuerzo
Más
todavía, después de todas las afrentas (todas: lo de Rucci, lo de los 8
diputados montoneros que no quisieron aceptar su conducción y
renunciaron a sus bancas para seguir con las armas, lo del asalto a la
guarnición de Azul, y lo de los insultos a su propia esposa en el día de los
trabajadores en Plaza de Mayo) Perón conservaba la suficiente templanza y
grandeza como para abrir una nueva posibilidad de diálogo con los montoneros.
Para ellos, habilitó a Duilio Brunello, a la sazón interventor federal en
Córdoba y vicepresidente del Partido Justicialista, para que iniciara
conversaciones conciliatorias con la conducción de Montoneros. Brunello
encargó a su secretario privado y asesor político Carlos “Chango” Funes
que tomara contacto con la conducción montonera. Los detalles de esas
conversaciones y sus resultados me fueron transmitidos en forma personal por
Carlos Funes años después.
Según
el “Chango”, las reuniones comenzaron a mediados de Mayo de 1974, apenas
unos días después de los brulotes de los imberbes contra Isabel en Plaza de
Mayo. Por la conducción de Montoneros asistieron tres de sus miembros,
encabezados por Juan Carlos Dante “Canca” Gullo. El diálogo no fue fácil
porque, si bien Gullo era partidario de “volver a Perón”, el resto de la
conducción (que no asistía a las reuniones) seguía pensando que “el poder
brota de la boca del fúsil” y rechazaba toda posibilidad de reconciliarse con
el General.
Sin
embargo, la paciencia del “Chango” y del “Canca” hizo posible que,+ a
mediado de junio, y luego de varias reuniones, se aprobara un borrador. El
primer punto era el acatamiento de Montoneros a la conducción de Perón. Para
hacerles menos duro el trago, se convino una forma elegante de proclamarla:
Montoneros pediría autorización al General para asistir, como representante de
la Juventud Peronista, al Congreso de Juventudes Políticas Latinoamericanas que
se realizaría en Cuba en el siguiente mes de julio. El resto de lo acordado
coincidía en líneas generales con la propuesta que les había hecho Perón a
Quieto y Firmenich en la ya citada reunión del 6 de setiembre de 1973.
Funes
entregó el borrador a Brunello, y éste lo puso en manos del General alrededor
del 20 de junio. Y ahí quedo, como simple proyecto, porque, primero el viaje a
Paraguay, luego el agravamiento de la salud de Perón e inmediatamente después
su muerte anularon esta última posibilidad de evitar la tragedia.
Ese
diálogo final que, según todo indica, fracasó sólo porque la parca dio su
veredicto inapelable, fue posible porque Montoneros estaba sensiblemente
“ablandado”, ante la abrupta pérdida de adherentes que experimentó sobre
todo a partir del asesinato de Rucci. La sangría se agravó cuando enfrentaron
a Perón en enero 1974 frente a las cámaras de TV y ante la perentoria
admonición del General de que se definieran, y 8 de sus
15 diputados nacionales renunciaron.
Pero,
con toda seguridad, las bases juveniles abandonaron masivamente a la conducción
Montonera cuando, con total soberbia y absoluta falta de sensatez, insultaron a
la esposa de Perón (“No rompan más las bolas”) y amenazaron a los
sindicalistas (“Rucci traidor, saludos a Vandor”). El Viejo los echó, pero
no todos se fueron. El propio Amorín relata (página 298 y siguientes):
“Nosotros
(se refiere a su actividad política como montonero,
pero él ya sin armas, en el Oeste
del Gran Buenos Aires) movilizábamos
familias: abuelos, padres, nietos. Gentes que tenían ganas de ver a Perón y,
de paso, darse una vueltita por Buenos Aires. Gentes que no sólo no estaban
preparadas para ningún tipo de enfrentamiento sino que eran, además, las
victimas propiciatorias de los mismos. (…) Eran simples hombres, mujeres y
niños, humildes en su mayoría cuya única aspiración consistía en saludar a
Perón. (…) (la indicación era concentrarnos) en la explanada de la facultad
de Derecho, donde debíamos reunirnos con el resto de las columnas: no había
mucha gente y, la inmensa mayoría, eran militantes de la Jotapé. Además, se
respiraba un clima de guerra: las columnas, formadas de manera militar ordenadas
y encuadradas por sogas, hacían marchas y contramarchas… los militantes
carecían de ese aire festivo qué siempre había caracterizado a las
movilizaciones de la Jotapé. (…)… supe que había cambiado la historia y
los montoneros estábamos solos: el pueblo había dado un paso al costado. (…)
Y sentí que una puñalada me atravesaba el estómago cuando, frente al Viejo en
el balcón comenzaron las consignas contra Isabel… Cuando las columnas
Montoneras comenzaron a marcharse de la plaza, di la orden de quedarnos y gritar
‘Perón, Perón’.
La
soledad que la conducción de Montoneros comenzó a sufrir la forzó, sin dudas,
a permitir que los”moderados” de ella, como el “Canca” Gullo y otros
pocos, dialogaran en mayo/junio de 1974 con los representantes de Perón y
elevaran al General el proyecto de conciliación mencionado. Pero, esta vez, la
muerte fue la que dijo no.
Nota VIII:
Perón
e Isabel siempre actuaron leal y legalmente
Primera
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Por
razones de un mejor ordenamiento, trataré primero la acusación contra Isabel
efectuada por un juez federal mendocino: la pretendida responsabilidad de la
señora del General en la matanza perpetrada por los “procesistas”, por
haber dictado los decretos del caso. Luego me ocuparé
de la acusación del versátil juez “todo terreno” Norberto Oyarbide
(la responsabilidad de Isabel en los crímenes atribuidos la Triple A).
Finalmente, analizaré el verdadero culebrón o cuento de ficción armado por
Miguel Bonasso (libro ya citado) y Juan Bautista “Tata” Yofre, el
histriónico y “divo” ex jefe menemista de la SIDE, ex embajador menemista
en Panamá, y permanente hombre de relaciones bien lubricadas con los sectores
políticamente correctos (menemistas, también ellos), Juan Bautista “Tata”
Yofre.
Isabel: 2 decretos que son 3, pero sólo 2 de ella
No
hay alquimia ni broma en el subtítulo, sino una muestra de la mala fe, o la
supina ignorancia que muestra el primer juez acusador de Isabel, el sanrafaelino
Raúl Acosta. Veamos la hazaña de este avispado y funcional juez federal.
Hasta
fines de 1974, la guerrilla había cometido actos atroces, pero limitados a los
que podríamos llamar acciones puntuales o, para usar la terminología
norteamericana, “guerra limitada”: el asesinato de Rucci, los asaltos
“express”, el secuestro de un empresario (que, por su jugoso botín serían
la envidia de Al Capone) o de un alto militar (aunque fuere tan inocente como el
mayor Larrabure). Pero el 5 de enero de 1975 el ERP, que hacía tiempo operaba
en el monte tucumano, logró derribar con un misil un avión del Ejército,
matando a los trece oficiales que viajaban en él. El hecho conmocionó al
país, pues ratificaba los rumores que circulaban desde tiempo atrás: la
guerrilla dominaba ya una “zona liberada” y poseía armamento pesado de
avanzada tecnología.
Isabel
se había aferrado siempre al criterio permanente de Perón: la guerrilla era un
problema policial que debía combatirse con la Policía; las FF.AA. no debían
participar en esa tarea.
Pero,
ante la envergadura del atentado contra el avión del Ejército, los criterios
cambiaron. Estaba claro que la policía no podría igualar, y menos superar, el
poder de fuego de los subversivos terroristas. Además, la existencia de una
“zona liberada” indicaba que los guerrilleros eran lo suficientemente
numerosos y poseían la indispensable organización militar como para haber
logrado esa base territorial estable. Hasta podía darse el extremo de que los
“liberadores” solicitaran su reconocimiento internacional como gobierno
argentino “paralelo”. Y, ya se sabe, siempre hay en el mundo algún pícaro
que se los otorga. Se hacía urgente la participación de las FF.AA. en la lucha
contra la subversión terrorista.
Ése
fue el motivo por el cual el Poder Ejecutivo, en cumplimiento de un insoslayable
deber constitucional, dispuso el lanzamiento del llamado “Operativo
Independencia”, y dictó el decreto Nº
261 del 5 de febrero de 1975, que reza:
“… El Comando General de Ejército procederá a
ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar
y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos que actúan en la
provincia de Tucumán”.
Sin
dudas, la terminología tiene más olor a cuartel que a gabinete presidencial.
“Neutralizar”, “aniquilar”, y “elementos subversivos” son términos
propios de la jerga militar, muy difícilmente se los podrá encontrar en la
redacción de un juez o legislador.
Tengo
la convicción de que el proyecto salió de
algún Estado Mayor, pero ello siempre me pareció lógico: se acordó que
intervinieran las FF.AA, y éstas sugirieron o solicitaron el texto del
instrumento legal necesario.
Pero,
de ahí a sostener, como sugestivamente lo hacen al unísono los militares
procesistas y los náufragos setentistas del actual gobierno (los extremos se
juntan, se aman, se ayudan mutuamente…) que Isabel ordenó a las FF.AA. exterminar
a los subversivos, hay un abismo que sólo puede llenar un sectarismo ciego,
un rencor visceral o una estupidez insondable.
Si
se me permite la ironía, cuando un profesor de medicina o un texto médico
indican que un facultativo debe eliminar el dolor de cabeza del paciente, nadie
en su sano juicio puede interpretar que le están indicando eliminar la cabeza
del paciente o el paciente mismo. Es tan absurda esta conclusión (absurda hasta
el ridículo y la comicidad) como lo es la acusación de “izquierdistas”
oficiales y “derechistas” del Proceso de que Isabel ordenó la matanza de
los guerrilleros.
Esta
acusación contra Isabel no es endeble o poco fundada, como se ha dicho por
ahí, sino directa e ineludiblemente maliciosa y rencorosa. Es insoslayable de
que ambos extremos se están tomando venganza. Los “izquierdistas” oficiales
todavía no digieren el fiasco que soportaron cuando en 1973/1974 fueron por
leña al peronismo y salieron trasquilados por el General. Y los
“derechistas” del Proceso jamás olvidaron que Perón les torció el brazo a
pesar de estar solo en su exilio madrileño y luego los metió en caja como era
lo debido. Tampoco los procesistas (uniformados y civiles, que estos últimos
suelen ser los peores) han podido perdonar jamás a Isabel su negativa a
dejarles el campo libre antes del 24-03-76, como ellos lo pretendían, y la
dignidad con la que los enfrentó durante el cautiverio que le impusieron.
Y
como la venganza es un plato que se come frío, “izquierdistas” oficiales y
“derechistas” del Proceso se lo han servido 30 años después…
no ya frío, sino congelado… quizás “fiambre”.
Un segundo decreto, “maldito”… para el juez Acosta
La
responsabilidad del juez Acosta, y de sus corifeos de la “derecha” y de la
“izquierda” oficial, se agrava considerablemente si
se tiene presente que Isabel, al tomar conocimiento de que los militares
estaban haciendo algunas “picardías” macabras con los guerrilleros (y con
los inocentes también), dictó un segundo decreto, el Nº 1.800 del 7-7-75,
cuyo texto ya les envié en una nota anterior, y que establece:
“Toda vez que, en la ejecución de operaciones
militares antisubversivas, la autoridad militar deba poner a disposición del
magistrado federal competente a una persona detenida o a elementos secuestrados
como consecuencia de dichas operaciones, lo hará acompañando las actuaciones
que en el orden militar deberán labrarse con tal motivo, juntamente con las
piezas probatorias si las hubiere”.
El
tercer decreto, el Nº 2772 del 6-10-75 no lo firmó Isabel (de licencia en
Ascochinga, Córdoba, en ese momento), sino Lúder, y se limitó a extender a
todo el país la orden dada a las FF.AA. de reprimir la guerrilla terrorista, de
acuerdo a lo que exige la Constitución Nacional. De modo que nada necesito
agregar sobre él.
El
juez de San Rafael ha pedido el secuestro internacional de una ex presidente,
hecho gravísimo para cualquier Nación medianamente seria… como la nuestra.
Si a esa medida insólita la ha solicitado porque desconoce el texto del primer
decreto y la existencia del segundo, su acto es de una irresponsabilidad
extrema, porque es un principio básico e inamovible del Derecho que “la ley
se reputa conocida por todos”, hasta
por los jueces…
Y si lo ha hecho aun conociendo ambos decretos, lamento decirlo, ha incurrido en una clara causal de juicio político, del cual se librará sólo mientras dure este gobierno. Después, veremos…
Nota IX:
Perón
e Isabel siempre actuaron leal y legalmente
Segunda
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Isabel y la Triple A
Unos
días después de la hazaña mundial del juez Acosta, llegó el turno del
versátil y “todo terreno” Dr. Oyarbide: un juez de la servilleta de Corach
y Menem, posteriormente salvado en forma “milagrosa” del incendio gracias a
no sabemos quien (muy probablemente haya sido el propio servilletero); luego, en
una pirueta a lo panqueque, fue funcional a De la Rúa y procesó a Menem, el
servilletero y salvador suyo; y hoy, en una repetición de la pirueta, es
funcional a Kirchner…. Verdaderamente un juez “todo terreno”. ¡Hay que
ver cuánto cuesta salvarse de la permanente amenaza de incendio! La valiente
lucha del Dr. Oyarbide contra la adversidad que lo acosa permanentemente y lo
obliga a hacer tantas piruetas, nos recuerda al legendario Espartaco (en latín,
“Spartacus”), aquel gladiador que supo rebelarse contra el Imperio Romano.
Veamos sino.
El
Dr. Oyarbide basa su acusación en 8 mamarrachos que él llama pomposa y
donosamente “pruebas”. La más sólida de todas es que el actual secretario
de Derechos Humanos (no se les cae el término de la boca así estén pisoteando
la Convención de San José de Costa Rica entera) dice que un amigo le dijo que
un pariente suyo le contó que un amigo le susurró que un conocido le relató
que un vecino del Consorcio le aseguró que… en el Gabinete de Isabel se
proyectó un video o película en la que se mostraba a todos los que serían
liquidados por la Triple A. El problema es que esa interminable cadena de dimes
y diretes está cortada en varios eslabones, porque muchos (sino todos) los que
dijeron lo que Duhalde (el gran “defensor” de los derechos humanos) dice que
le dijeron a otro, etc., etc., están muertos… por lo que no pueden ratificar
ni desmentir los dichos del defensor insigne; un pequeño detalle que se les
pasó a los reconocidos juristas Oyarbide y Duhalde.
En
segundo lugar, ese Duhalde (no el ex presidente) fue el jefe máximo de las
Fuerzas Armadas Peronistas-FAP, uno de los grupos más feroces y más tozudas en
continuar la lucha armada aun durante el gobierno constitucional de Cámpora,
Perón e Isabel, y enemigo a muerte
de la candidatura a vicepresidente
de la esposa del General. De modo que este Duhalde puede saber mucho de derechos
humanos (si lo sabe…) pero poco y nada de ética, porque, por ser enemigo
manifiesto de la acusada, debió inhibirse de declarar contra ella, y el juez
Oyarbide tenía la obligación de impugnarlo o, al menos, dejar constancias de
ello en la causa.
Y,
por si fuera poco, ambos bizarros abogados, uno juez a lo Espartaco (recordemos
que en latín es “Spartacus”),, y el otro defensor insigne, pasan por alto
que los ministros del Gabinete de Isabel, salvo que fueran todos unos soberanos
infradotados, jamás habrían proyectado un video con los candidatos a ser
asesinados… por ellos mismos, o por orden de la presidente. Los peronistas
podemos ser algo tontos y hasta “incorregibles”…según Borges,
pero jamás tan imbéciles. Además, téngase presente que en ese
Gabinete figuraron personalidades como Gómez Morales, Corvalán Nanclares,
Ivanissevich, Gelbard, Antonio Benítez, Jorge Garrido y otros de reconocido
prestigio e intachable conducta. Afirmar que tales personas se dieron “el
gusto” de proyectar un video macabro o premonitorio de atrocidades, no sólo
ofende nuestra inteligencia, sino que es un grave atropello a su memoria.
Hay
más: Duhalde (el “defensor”) declara como testigo de cargo y, diez minutos
después, el “espartaquense” juez Oyarbide lee a los periodistas su fallo
acusando a Isabel… Por lo visto, este juez, no sólo es un “todo terreno”
y digno émulo de Espartaco, sino que seguramente hizo el curso de lectura veloz
y de escritura supersónica en las Academias Pitman. Dictar un fallo de esa
envergadura y trascendencia institucional y mundial, sólo diez minutos después
de escuchar al testigo clave a quien, para colmo, le corresponden las generales
de la ley, es una irresponsabilidad gigantesca, o algo más grave.
Para corroborar lo que sostengo sobre la inocencia de Isabel respecto de
los crímenes de la Triple A, transcribo algunos párrafos de un reportaje que
el periodista José Blas Made le hizo en 1990 (diario HOY de Mendoza) a quien
fuera el jefe de Granaderos a Caballo en 1974/1975, el probo coronel Jorge Sosa
Molina, testigo clave de un hecho definitorio:
“En
realidad Isabel era muy influenciable, ciclotímica y depresiva. No estaba al
tanto de los problemas del gobierno, ni leía los diarios, y evidentemente
López Rega ejercía sobre ella un gran poder… Pero aclaro que jamás la
conducta personal de Isabel mereció la menor objeción. Jamás. Su
comportamiento fue siempre intachable, nunca hubo el menor comentario sobre
algún desliz por parte de quienes estábamos allí. Pasaba a veces cuatro o
cinco días sin salir de la cama por sus estados depresivos''.
“(López
Rega) Era medio afeminado, nunca se lo vio con una mujer. Tenía cara de lobo,
con los dientes medio salidos. Andaba siempre rodeado por una banda de
atorrantes y delincuentes, que en general eran exonerados de la policía. Ellos
lo llamaban Daniel. Era un hombre primario. Un agente de policía. Hay que
reconocer que era muy vivo, supo ir ganándose la confianza de Perón hasta
ejercer sobre él una influencia muy nociva”.
El coronel Sosa Molina, que con tanta crudeza define la personalidad y el
estado anímico de Isabel, reconoce gallardamente que su conducta fue siempre
intachable. Y el mismo militar, luego de calificar duramente a López Rega,
afirma, sin embargo, que éste en la práctica fue sólo un títere de los
militares en el accionar de la Triple A. He aquí sus propias palabras:
“Fue lo más negativo
del último gobierno peronista. Creo que también fue utilizado por los
sectores más reaccionarios, porque no tenía la capacidad ni la
inteligencia para hacer todo lo que hizo. Y así fue usado por aquellos poderes
que yo llamo `fácticos', que estaban muy preocupados por el avance de la
izquierda radicalizada, de la guerrilla marxista o neoperonista, y que no vieron
mejor solución que oponerle a esa radicalización el extremismo de derecha”.
(…)
“Un día, de vuelta de un acto oficial en Casa de Gobierno,
un vehículo del regimiento tiene un desperfecto mecánico en la Av. Figueroa
Alcorta. El oficial a cargo, un teniente de apellido Segura, que iba de
uniforme, es auxiliado por un policía que lo invita a pasar a una casa,
diciéndole que está entre amigos, compañeros de la misma causa. Cuando Segura
entra a la vivienda se da cuenta de que está en un centro operativo muy
importante de la Triple A. Le presentan a una secretaria del jefe, que era
López Rega, y le comentan que allí trabaja personal de las fuerzas armadas y
de la Policía Federal”.
“El
teniente llegó al regimiento espantado, y me comentó lo que había visto. Le
pedí entonces que redactara por escrito lo que me contaba, para denunciarlo
oficialmente al Comando en Jefe del Ejército. Por razones de seguridad le dije
que no se identificara, que yo me hacía cargo de la denuncia. Entonces elevé,
ese mismo día, el expediente a los efectos de que se investigara la posible
participación de oficiales de las fuerzas armadas en la banda terrorista”.
“Me
recibió el general Rosas, jefe de Operaciones del Estado Mayor del Ejército.
Cuando lo leyó me expresó que era una cosa gravísima, que seguramente iba a
tener una trascendencia enorme. A los dos o tres días me llama el general
[Jorge Rafael] Videla, jefe de Estado Mayor, acompañado por dos o tres
generales más del organismo, entre los que estaban Suárez Mason, Menéndez y
el mismo Rosas. Me dice entonces que tiene que elevar la denuncia al ministro de
Defensa Savino, que era hombre de López Rega, advirtiéndome que podía pasar
cualquier cosa. Por supuesto, que decidí seguir adelante con la denuncia. El
Comandante General, que era el general Anaya, estaba en ese momento en el
extranjero. A su vuelta es citado con urgencia por el ministro, quien le
reprocha duramente el tenor de mi denuncia. A los dos o tres días el general
Anaya fue relevado del cargo''
(…).
“ (Al día siguiente) Me llamó López Rega a su despacho en
Bienestar Social y me preguntó, poniendo detrás de mí a gente armada, por
qué lo había denunciado. Casi llorando, juró ser inocente de todo, que lo
único que quería era la grandeza de la patria, y que todo lo hacía con ese
ideal. No pasó a mayores, pero yo había tomado mis previsiones poniendo a
granaderos armados en la puerta del despacho, por lo que pudiera ocurrir”.
“Hasta
Massera me felicitó por la denuncia, porque aunque había sido anteriormente
aliado con el ministro, se habían peleado. Me convertí entonces en una
referencia entre los que habían sido atemorizados por la Triple A, y vinieron a
verme varios periodistas y políticos con mucho miedo, y hasta el ministro
Benítez, algo inaudito, me contó llorando que lo habían amenazado''.
El coronel Sosa Molina presentó su denuncia ante el juez Federal Penal
doctor Teófilo Lafuente quién requirió por oficio al Ejército que indicara
el nombre del teniente que descubrió el arsenal de la Triple A., y entregara
todos los antecedentes del caso. El general Videla ya era el comandante en jefe
de esa Fuerza y guardó silencio sobre el requerimiento judicial. Lafuente se
vio obligado a enviar un segundo oficio reiterando su pedido, el cual también
obtuvo como respuesta la tozuda negativa de Videla a revelar la verdad. El juez
cumplió su deber: envió un tercer oficio al futuro genocida conminándolo a
responder bajo apercibimiento de hacerle juicio por desobediencia. Recién ahí
el general Videla respondió que no daría los datos requeridos porque,
“se trataba de una operación secreta sobre la cual debía guardarse
total confidencialidad”.
Los comentarios huelgan.
Sosa Molina relata luego el triste epílogo de esos episodios:
“El
28 de agosto de 1975 la presidenta María Estela Martínez de Perón, después
de una grave insubordinación de los altos mandos desconociendo al comandante
general, Alberto Numa Laplane, y en consecuencia la propia autoridad
presidencial, designó al frente del Ejército al general Videla, y como
jefe de Estado Mayor al general Roberto Eduardo Viola”.
Nadie
podrá decir que cito al coronel Sosa Molina por haber sido él un peronista. Su
opinión sobre los golpes militares del siglo XX es definitoria y nada amable
hacia nosotros:
El único
pronunciamiento castrense del siglo ''con alguna legitimidad'', fue la
Revolución Libertadora, porque ''en 1955 el gobierno era ejercido mediante
prácticas autoritarias inaceptables, que impedían cualquier posibilidad de
expresarse a la oposición''. Del resto de los golpes (1930, 1943, 1966, 1976)
dice `` que no son para poner orgullos a ningún militar, por fanático que
sea''.
Ello le da
más credibilidad y valor aún a sus palabras transcriptas antes.
Este relato
de Sosa Molina aporta algunos datos que son la clave para entender el drama que
se vivió entonces:
1.- La
triple A, sin ningún lugar a dudas, fue un operativo militar, pensado y
ejecutado por la cúpula del Ejército.
2.- López
Rega, sin que ello disminuya su gravísima responsabilidad en esos delitos, era
solo un “perejil” que les prestaba a los militares la cobertura política
necesaria.
3.-
El hecho relatado se produce
entre abril y junio de 1975. López Rega es eliminado del gobierno en
julio de ese año, pero con posterioridad continúan las atrocidades de la
Triple A con más virulencia y frecuencia que antes, ya sin López Rega en el
gobierno. Interesa sobremanera la afirmación que hace el propio Bonasso sobre
este punto, en su citado libro (pág.614):
“Tras
la huida de López Rega y sus policías, la Triple A dejó de operar, pero
siguieron apareciendo cadáveres ametrallados y dinamitados. Sin firma. O con el
nuevo sello ‘Comando Libertadores de América’”.
4.- Isabel
era ajena a esos crímenes infernales porque, según afirma el coronel Sosa
Molina:
“…jamás
la conducta personal de Isabel mereció la menor objeción. Jamás. Su
comportamiento fue siempre intachable…”
Hay un
hecho, casi increíble, que demuestra hasta dónde López Rega y los militares
jefes de la Triple A., y luego golpistas, formaban una sociedad muy estrecha.
Relata el doctor José Alberto Deheza, ex ministro de Justicia y luego de
Defensa de Isabel (pág. 57 de su libro “Isabel Perón: ¿culpable o
inocente?”) que, al asumir el general Numa Laplane como Comandante en Jefe, se
debió decidir forzosamente el retiro del general Jorge Rafael Videla, a la
sazón Jefe del Estado Mayor Conjunto, por ser el primero más antiguo que el
segundo. Sin embargo, el general Numa Laplane tardó en disponer ese retiro y,
de hecho, no lo hizo durante su corto mandato. La razón es más insólita de lo
que parece a primera vista: “Quien
más bregó por evitar el retiro de Videla fue Raúl Lastiri, en ese entonces
presidente de la Cámara de
Diputados”, según relata el doctor Deheza en el libro citado. En
realidad, no es increíble, sino bien creíble.
Una
reflexión final para esta nota: el rencor de la “izquierda” setentista, que
se ha enseñoreado del actual gobierno nacional,
es tan grande y ciego que, supongo en forma involuntaria, dieron siempre
pretexto a los militares “procesistas” para escudarse en “los decretos de
Isabel” en su vano esfuerzo por justificar el genocidio. Hoy más que nunca
podemos afirmar que los extremos se juntan, se aman, se justifican mutuamente
y… se ayudan. Algo que parece insólito, pero que es totalmente lógico: el
libro “El presidente que no fue”, en el que Bonasso ensalza a Montoneros y
abomina de Perón, fue presentado por… Mariano Grondona, quien se autotituló
“gorila tolerable”… (La Nación, 23-3-97). Creer o reventar.
Hace unos
días, el almirante Mendía, tercero en la cadena mandos de la Marina
“maserista”, usó ese falaz pretexto (los decretos de Isabel) para
justificarse a sí mismo y a todos
los oficiales que estuvieron bajo su mando durante los años de plomo. En
definitiva, Kirchner lo hizo…, no sólo los ex imberbes irresponsables que
amaban los fusiles, hoy barrigudos y calvos.
Nota X:
Perón
y un “Somatén”… prefabricado
Por
Juan Gabriel Labaké
Miguel
Bonasso (comechicos “izquierdista”), en “El presidente que no fue”, y
Juan Bautista “Tata” Yofre (comechicos “derechista”), en su libro
“Nadie fue”, unidos por el espanto (a Perón) y también por el amor (al
gorilismo), juran que, cuando los montoneros asesinaron a Rucci en forma
premeditada y alevosa, el General emitió un tal “Documento Reservado”, que
fantasiosamente ambos historiamacaneadores denominan como “Somatén”, y que
Jacobo Timerman publicó en su diario "derecho-izquierdista" La
Opinión el 3-10-73.
La
historieta del Somatén fue inventada por el “izquierdista” Bonasso, y usada
para sus frívolos escritos por el “derechista” Yofre. Una mano lava la
otra, y las dos tratan de ensuciar la cara de Perón.
Según
Bonasso (pág.436), Gloria Bidegain visitó al General, junto con su padre
Oscar, al parecer, a principios de 1973. En la charla de los Bidegain con Perón
habrían estado presentes López Rega y su hija Norma, y “algunos
extraños que Gloria no conocía”. Agrega el ex dirigente montonero:
“Perón se volvió hacia don Oscar (Bidegain)
y dijo algo extraño, que la jovencita
(se refiere a Gloria Bidegain) tardaría
años en descifrar:
‘Lo que hace falta en la Argentina es un Somatén’”.
Luego
Bonasso, como buen fabulador, relata que:
“Mucho después, la hija de Bidegain creyó
recordar que el Somatén había sido un cuerpo represivo no oficial,
probablemente creado por Franco que había actuado después de la caída de la
República Española. En realidad el Somatén es una institución armada de
Cataluña que se remonta al siglo XI, fue reflotada en 1876 por el brigadier
Joaquín Mola, y cobró un nuevo impulso en 1923, cuando el general Miguel Primo
de Rivera, padre del creador de la falange, encabezó un golpe de estado”.
Y
en el colmo de la malicia y la charlatanería, Bonasso saca la conclusión que
le conviene para enlodar a Perón:
“La sombra de aquella charla se extendería sobre
los cadáveres que la Alianza Anticomunista Argentina sembraría en los bosques
de Ezeiza, alimentando una sospecha que Gloria no podría confesarse nunca: la
idea de la Triple A no había nacido en la cabeza de López Rega, sino en la del
propio Perón”.
No
hay que ser muy perspicaz para descubrir el truco del furibundo antiperonista
llamado Bonasso, empeñado, como
buen montonero resentido con el General, en denigrarlo y manchar su figura.
Obsérvese que:
1.-
Gloria era casi una adolescente: tenía apenas 20 años y nada sabía de
política, tal como el propio Bonasso lo informa poco antes de la parrafada
transcripta.
2.-
La propuesta de crear un Somatén que, por lo visto, es la “proto Triple A”,
la formula Perón nada menos que a Bidegain, quién sería luego uno de los
dirigentes de “superficie” de los montoneros. Por lo visto, ¡el General era
un bol… incurable!
3.-
La jovencita Gloria retuvo en su memoria el nombre Somatén durante años (“tardó
años en descifrar”, dice Bonasso), lo cual para una muchacha de esa
edad e inexperta en política resulta toda una proeza.
4.-
Gloria “creyó
recordar (es decir, nada seguro) que
el Somatén había sido un cuerpo represivo no oficial, probablemente
(tampoco seguro) creado
por Franco”. De modo que la memoria extraordinaria de Gloria, que
pudo retener durante años esa palabreja, no alcanza sin embargo para recordar
si el Somatén era un cuerpo represivo y si lo había creado el dictador Franco.
Pero esas vaguedades antojadizas y esos inseguros recuerdos de Gloria, para un
historiamacaneador como Bonasso, son suficientes para afirmar que Perón creó
la Triple A y que ésta fue la que mató "izquierdistas" en
Ezeiza (de paso, olvida que ellos mataron "derechistas" en esa
terrible jornada terrorista a dos puntas).
Ahora
resulta que la matanza de Ezeiza fue producto del accionar criminal de uno solo
de los bandos, y no una carnicería mutua. Y, para colmo de la leyenda
farandulesca, ese bando criminal era… la Triple A que, sorteando un imposible
metafísico, el 20 de junio de 1973 cometió su primer crimen y cuatro meses
después recién nació (según el mismo Bonasso, en octubre de ese año).
Bonasso
les ha matado el punto a todos los cuenteros de la historia de la humanidad.
El turno de la farándula.
Juan
Bautista “Tata” Yofre es un viejo conocido nuestro, y bien conocido…,
dado su permanente histrionismo y su irrefrenable vocación de “divo”
de la farándula nocturna de Buenos Aires. El ex presidente Menem, apenas
asumió, designó a Yofre como jefe de los espías argentinos, es decir de la
SIDE. Luego lo designó embajador en Panamá, posteriormente en Portugal y,
para concluir su periplo de esforzado funcionario público bien pagado
y respetuoso de la "obediencia
debida", "trabajó" como asesor presidencial del
inventor del neoliberalperonismo hasta 1998. De ese modo, el
“Tata” se las ingenió para estar nueve años al servicio
de Menem, en cargos en los que uno se entera de todo lo que se está
cocinando en el gobierno, de los “chanchullos” especialmente, pero nunca vio
nada… al menos nunca lo contó en un libro. Nadie sabe el motivo de ese
extraño silencio, siendo como es el "Tata" un verborrágico de la
farándula porteña. Hablo con conocimiento de causa: yo también fui embajador
y asesor presidencial de Menem, hasta que en 1992 me dejaron cesante (me negué
a renunciar) porque no quise callarme cuando me enteré de "ciertas
cosas"... las mismas cosas que seguramente conoció Yofre.
Pero
hace tres o cuatro meses, Yofre sufrió una extraña y acuciante urgencia:
tenía que escribir un libro inventando calumnias contra Perón, ¡justo cuando
un irresponsable juez de Mendoza ya se aprestaba a inventarle crímenes a
Isabel! ¿Por qué? ¿Poder de adivinanza y anticipación, o funcionalidad con
una campaña orquestada? Tratándose de una personalidad tan seria como Yofre,
cuyo libro prologa nada menos que Bernardo Neustadt, la respuesta no es
difícil, pero sí peligrosa de pronunciar…
Y
hete aquí que ¡justo, justo!, el diario Ámbito Financiero decide pedir a
Yofre que escriba dos notas… siempre para enlodar a Perón, o tratando en vano
de hacerlo.
Dediquemos
unas líneas a divagar sobre las dos notas escritas por el hitoriamacaneador
Yofre en Ámbito Financiero (11 y 12 de enero de 2007).
Como
buen extremo de un lado, Yofre se abraza al extremo del otro lado y parte, para
redactar su fantasía, de las “enseñanzas” de Miguel Bonasso. Para ello el
inventor de “derecha” transcribe, como si fuera la Biblia, el párrafo
íntegro del inventor de “izquierda”:
“Perón se volvió hacia don Oscar (Bidegain)
y dijo algo extraño…”
El
segundo cuentero, a continuación, le enmienda la plana a su maestro: en lugar
de colocar el origen del Somatén en el siglo XI, se muestra un poco más
modesto en historia y jura que la idea fue del teniente general Alejandro
Agustín Lanusse, quién, siempre según el eximio historiador Yofre, “la
lanzó en presencia del general Alberto Samuel Cáceres, jefe de la Policía
Federal”.
Yofre
cita a continuación a un tercer hitoriamacaneador, el periodista Marcelo
Larraquy quien, dice el “Tata”,
“En su biografía sobre López Rega, relató que
la obsesión de Perón era liquidar al Ejército Revolucionario del Pueblo-ERP,
y que ‘en diciembre de 1973 le había propuesto a (Rodolfo) Galimberti
conducir un grupo de represión ilegal contra la guerrilla marxista’”.
En
este caso, el alumno Larraquy, discípulo del alumno Yofre, le mató el
punto al maestro de ambos, Bonasso, en cuanto a la envergadura del bolazo
histórico transcripto. Hasta el propio Yofre estima prudente despegarse de su
alumno Larraquy y reconoce que:
“el
dato parece confuso…porque para ese diciembre de 1973…Galimberti estaba
replegado sobre las extrañas de la ‘orga’ Montoneros (en la Columna Norte),
como consecuencia de su traspié al anunciar la formación de ‘milicias
populares’ en abril de ese año, provocando la furia del propio Perón”.
De
todos modos, el inventor Yofre se olvida de que, en diciembre de 1973,
Galimberti estaba “replegado” no sólo por su alocada propuesta de las
mmilicias populares, sino porque Montoneros ya había enfrentado
abiertamente a Perón al asesinar dos meses antes a Rucci. Es que para el
insigne historiador Yofre, la Triple A cometió crímenes bastante antes de
nacer, y Montoneros seguía al lado de Perón después de haberse separado de
él… Cosas de la fantasía de un frívolo, metido a historiamacaneador
porque… ¡vaya uno a saber por qué!
Pero,
como entre bueyes no hay cornadas, el inventor Yofre trata de salvar la ropa de
su alumno Larraquy, y concluye:
“De todas maneras, hay que tener en cuenta que
Larraquy escribió una extensa biografía de Galimberti y de allí que haya podido escuchar una confidencia del
propio dirigente Montonero”.
En
definitiva, Larraquy asegura, y a Yofre le parece posible al menos, que Perón,
en el colmo de la estupidez humana, en diciembre de 1973 (insisto, dos meses
después del asesinato de Rucci por Montoneros, y también dos meses después de
la declaración pública de la dupla Montoneros-FAR sobre su ideología
marxista) haya encargado al dirigente montonero Rodolfo Galimberti “la
represión ilegal de la guerrilla marxista”. O Perón estaba loco, (y no lo
estaba, con toda seguridad), o estos dos historiamacaneadores han llegado mucho
más lejos que su maestro Bonasso, y nos están tomando el pelo.
Buenos
Aires, 11 de febrero de 2007.
Juan
Gabriel Labaké
Próxima
mota: Para
ser secreto tiene que ser público
Nota curiosa, pero no tanto: Uno de los oradores que presentaron el libro "EL presidente que no fue" del "izquierdista" Bonasso, cuando apareció en 1997, fue el "derechista" Mariano Grondona (La Nación, 23-3-97). Dios los cría, y la "peronofobia" (o los que pagan para que sean "peronofóbicos") los une. ¿Me entiende, doña Soledad? Usted se puede morir. Eso es cuestión de salud. El asunto es saber quién paga el ataúd... perdón, el sueldo de los "peronofóbicos" (y perdón Zitarrosa).
Nota XI:
Para ser secreto tiene que ser público
Por
Juan Gabriel Labaké
El
insigne historiamacaneador Juan Bautista “Tata” Yofre, en un esfuerzo por
emular a un personaje del “Negro” Alberto Olmedo, pero con menos gracia…,
dedica una buena parte de sus notas de Ámbito Financiero a comentar un supuesto
y truculento Documento Reservado que Perón, dominado por alguna fiebre extraña
que el “Tata” no menciona, habría
difundido ante casi un centenar de personas… a pesar de ser secretísimo y
confidencial… En ese Documento, siempre según Yofre, de fines de setiembre de
1973, Perón ordena asesinar a todos los montoneros, pero lo hace leer ante
cinco gobernadores pro montoneros… que iban a ser asesinados… en secreto, y
que asistieron como invitados de honor a la Salamanca descripta por el
“Tata”. ¡Otra tomadura de pelo
del historiamacaneador que nos ocupa! Veamos.
El Documento Reservado
Siempre
según el “Tata”,
“El Acta Fundacional de la Alianza Anticomunista
Argentina (AAA) es del 1 de octubre de 1973, seis días más tarde del asesinato
de José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT, durante una reunión que
presidió el propio General Perón como presidente electo de la Nación, y la
presencia de Raúl Lastiri (presidente interino); los ministros del Interior,
Benito LLambí, y de Bienestar Social José López Rega; el Senador Nacional y
Secretario General del PJ, José Martiarena; y los gobernadores, sin excluir a
los cinco que estaban enrolados en la tendencia revolucionaria, y los
vicegobernadores”.
En
esa reunión se habría leído
“un
Documento Reservado que fijaba directivas para terminar con el ‘entrismo’ de
la izquierda”.
Perón
(a simple título de jefe del Movimiento pues, insisto, aún no era presidente),
alrededor de esa época, efectivamente dio directivas internas al Movimiento
para evitar la acción disolvente de los montoneros que ya he descripto.
La
trampa de Yofre consiste en no aclarar con precisión
que eran directivas internas y tergiversar las palabras de Perón, para
hacer creer que la orden era matar montoneros. Para ello, el “Tata” recurre
al ardid de hacer hablar a un “oficial retirado del
Ejército, especialista en cuestiones de inteligencia y estrategia, cuyo nombre
no puedo revelar por razones de seguridad”… ¡El truco es viejo,
“Tata”! ¡Demasiado viejo!
Según
ese misterioso “especialista”:
a)
Donde el Documento (de muy dudosa existencia) afirma:
“…la agresión de los grupos
marxistas-terroristas en forma sistemática importa una guerra desencadenada
contra nuestra organización y dirigentes… y tilda a los montoneros de enemigos…
debe
interpretarse que Perón está ya justificando su matanza.
b)
Donde dice:
“Ese estado de guerra… no puede ser eludido y
nos obliga… a atacar al enemigo en todos sus frentes y con la mayor
decisión…
c)
Donde el supuesto Documento anuncia que:
“Se organizará un sistema de inteligencia al
servicio de esta lucha.
El
General está creando “estructuras
de Inteligencia paralelas a las institucionales del país”.
d)
Donde recomienda:
“Utilizar todos los medios que se consideren
eficientes en cada lugar y oportunidad”…
Perón
está hablando de matarlos…
e)
Donde el Documento ordena:
“Los compañeros peronistas en los gobiernos
nacional, provincial o municipales deberán participar en la lucha, haciendo
actuar a todos los elementos de que dispone el Estado para impedir los planes
del enemigo y para reprimirlo con todo rigor.
El
“especialista” interpreta que: “Eso
puede ser considerado como un antecedente documental de los decretos que dos
años más tarde involucraron a las FF.AA. en la lucha contra el terrorismo”.
Lo
más arbitrario y desopilante es que el ”especialista” ignoto, sin otras
pruebas o indicios que las antojadizas interpretaciones citadas, saca la
siguiente “Conclusión general” (que el “Tata” acepta con gusto) :
“En ese marco, las Tres A constituyeron el
instrumento paralelo del gobierno peronista que se resistió a ser
trasvasado ideológicamente y a ceder el espacio de poder disputado y
ganado en las urnas. Constituyó una respuesta oficial, apreciada como
necesaria, aun en la forma, a los grupos terroristas que enfrentaban el gobierno
y la sociedad.
Y
la remata “dignamente”:
Este documento analizado podría ser definido como
la ‘partida de nacimiento’ de la Triple A., oficializado directamente por el
General Perón con la aprobación de los máximos dirigentes del movimiento”.
Lo
que antecede es de una enorme malicia y de mucha mala fe. Nunca las Tres A
fueron “el instrumento paralelo del gobierno peronista”, sino que, como ya
he demostrado fehacientemente, fueron creadas, dirigidas y operadas por los
futuros golpistas genocidas, comandados ya por el general Videla, en ese
entonces Jefe del Estado Mayor Conjunto. Un ministro, López Rega, les prestó
cobertura política, haciendo las veces de “perejil”, aunque con una
terrible culpabilidad personal. De ahí, a decir que “la Triple A fue
instrumento del gobierno peronista”, hay un abismo que el historiamacaneador y
el “especialista” rellenan con bastante hipocresía y no menos rencor.
Nadie
se opone a que los jueces argentinos investiguen con libertad total. Al
contrario, el criterio de justicia que todos llevamos impreso en nuestro
interior, y el legítimo reclamo de los deudos a que se sepa quiénes fueron los
culpables y se los castigue condignamente, exigen que la investigación de los
actos terroristas siga adelante hasta el final. Lo que sí tenemos derecho a
pretender, y vamos a reclamar su cumplimiento siempre, es que se investiguen
todos los crímenes terroristas, especialmente los cometidos durante nuestro
gobierno constitucional, y no sólo los de un sector, y que no se aproveche la
investigación para manosear prejuiciosa y calumniosamente la imagen de personas
que han sido intachables, como Perón e Isabel.
Los
peronistas ya tenemos larga y triste experiencia de cómo sus enemigos enlodan a
Perón con calumnias groseras. Al poco tiempo, como siempre sucede, la verdad
prevalece y la maniobra vil queda al descubierto, pero los “peronofóbicos”,
como dominan la prensa nacional (y sus socios mayores del extranjero, dominan la
internacional), dan amplia publicidad a la calumnia y apenas si mencionan en la
página 19 ó 27 y con letra chiquita la verdad descubierta posteriormente.
En
1955, la CIA norteamericana preparó un informe tan “verídico” como el de
las armas de destrucción masiva de Irak y el de las “células dormidas” de
nuestra Triple Frontera. En ese informe, el gobierno norteamericano trataba de
demostrar la cuadratura del círculo: que Perón había sido un agente nazi y
que había traicionado a su propio país. El brulote fue usado como uno de los
pretextos para derrocar al General ese año. Un radical gorila, el diputado
nacional Silvano Santander, pagado por la CIA, puso su firma a ese cuento y así
se editó un libro llamado “Técnica de una traición”. Dos años después,
Arturo Jauretche publicó su libro “Los profetas del odio”, en el cual
demostró en forma irrebatible que el libelo firmado por Santander no era de
Santander sino de la CIA, y que se trataba de una mentira completa y grotesca.
Sucedió lo de siempre: el libro de Santander gozó de una publicidad
descomunal, y la desmentida de Jauretche no fue publicada ni en un periódico de
barrio.
Para
la misma época tuvimos otro ejemplo de esta sibilina y canallesca forma de
calumniar. La dictadura de Aramburu y Rojas promovió juicio penal contra Perón
por los gravísimos y socialmente descalificantes delitos de violación y
perversión de menores. Se lo acusó de haber mantenido relaciones sexuales con
una menor llamada Nelly Rivas. Se lo condenó y, tanto el proceso como su final,
tuvieron la imaginable publicidad. Con el tiempo, y una vez que regresó la
libertad de expresión a la Argentina, la propia Nelly Rivas y su familia
desmintieron las acusaciones. Pero, tales desmentidas no se publicaron, y
ya sabemos que lo que no se publica “no existe”.
Con
la actual campaña de calumnia contra Perón e Isabel sucederá otro tanto: las
calumnias han gozado del favor de toda la prensa nacional y extranjera. Cuando
el Estado Nacional, ante el abismo del papelón mundial que podemos pasar,
“cajonee” los expedientes
judiciales abiertos por dos jueces irresponsables y funcionales, nadie lo
publicará. Y si el gobierno continúa con su aventura de solicitar la captura
internacional de Isabel y de extraditarla, cuando España niegue la
extradición, como lo hará con toda seguridad, tendremos que revisar
minuciosamente cada diario para encontrar esa noticia.
Esa
es la técnica de la difamación y de la calumnia, que comenzó a usar la CIA en
1955, y concluye usándola hoy un gobierno “peronista”.
Los absurdos del señor “Tata” Yofre
El
señor Yofre, aventajado discípulo del señor Bonasso, comete algunas
incongruencias tan groseras que no puedo pasar por alto.
1.-
Nos quiere hacer creer que Perón, siendo General de la Nación, destacado
estratega e historiador militar, reconocido como un hábil político con treinta
años de experiencia en esa materia, cometió la chiquilinada (más parecida a
una estupidez) de difundir un “Documento Reservado” (mejor dicho,
reservadísimo, ultra-secreto y más que confidencial y comprometedor) en una
reunión multitudinaria: la plana mayor del PJ y del Movimiento, todos los
gobernadores y no sé si algunos periodistas (porque a ese manoseado documento
lo publicó el diario “La Opinión” de Jacobo Timerman).
2.-
Pero el más truculento de los absurdos de Yofre, como ya expresé, no es la
multitud ante la cual él dice que se leyó el Documento, sino que jura que en
esa muchedumbre estaban los cinco gobernadores que respondían de una u otra
manera a Montoneros… a los cuales se ordenaba asesinar.
3.-
Remarco que, según este insigne historiador, el Documento Reservado es anterior
al 2-10-73, fecha en que lo publicó “La Opinión”. Pero resulta que Perón,
según he demostrado con citas de autores intachables en este caso, entre
octubre y su muerte ofreció más de una vez a los Montoneros reincorporarse al
Movimiento y darles generosos espacios políticos. ¿Cómo se compagina ese ogro
que pinta el “Tata”, con el Perón real, el casi paternal que invita a los
hijos pródigos a volver al hogar común, incluso luego de que éstos insultaron
a su propia esposa.
Y ahora mi propia conclusión general: si todas las acusaciones contra Perón son como las de Bonasso, Yofre y la del “especialista”, podemos dormir tranquilos: el General fue un gran tipo que nunca sacó los pies del plato, y cumplió su propio lema “dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”.
Nota XII:
Una ley fundamental jamás aprobada
Por
Juan Gabriel Labaké
Por gentileza (que agradezco vivamente) de los
funcionarios y empleados de la Dirección de Información Parlamentaria del
Congreso de la Nación, acabo de obtener fotocopia del trámite legislativo que
se le dio al proyecto de ley de Isabel y su Gabinete sobre “Régimen para la
Defensa Nacional”.
Ese proyecto ingresó a la Cámara de Diputados el
21 de octubre de 1975, y fue girado a las Comisiones de Defensa Nacional, de
Asuntos Constitucionales y de Legislación Penal. Las comisiones lo aprobaron
por amplia mayoría (el bloque del FREJULI y algunos más) mientras el grueso de
la oposición formuló sólo objeciones parciales. El dictamen de la comisiones
ingresó al plenario de la Cámara el 19-11-75. Durante el muy extenso y
exhaustivo debate (abarca nada menos que 298 páginas del Diario de Cesiones, y
no quedó punto sin analizar a fondo), el miembro informante, diputado José
Luis Lazzarini, fundamentó el dictamen de mayoría con la solvencia de un
profesor de Derecho Constitucional, como lo era en efecto. Y con una paciencia
digna de Job, respondió y rebatió inacabables y muy repetidas objeciones de la
oposición. Hay pasajes en donde resulta tediosa la lectura de este debate
porque los opositores repetían cinco y hasta seis veces la misma objeción, a
pesar de haber sido respondida debidamente por Lazzarini desde el principio.
El debate giró
fundamentalmente sobre la cuestión de cuál de los Poderes del Estado debía
declarar una “zona de emergencia” en caso de conmoción
interna grave (todos sabían que se refería al accionar guerrillero),
en la que podrían actuar las Fuerzas Armadas.
La oposición argumentaba que debía ser el Poder Legislativo, pero Lazzarini
demostró en forma inatacable que debía hacerlo el Poder Ejecutivo, por razones
constitucionales y de rapidez, informando de inmediato al Congreso para que
éste pudiera actuar y tomar las medidas que considerare oportuna, incluida la
anulación de lo dispuesto por el Poder Ejecutivo.
Además, y para mayor garantía de los derechos de
quienes fueran tomados prisioneros,
la ley disponía que, aun en las “zonas de emergencia”, seguiría actuando
el Juez Federal competente con todas sus facultades legales.
La ley de Defensa Nacional tuvo media sanción de la
Cámara de Diputados en esa cesión del 19-11-75. Pero pocos días después
sucedieron acontecimientos que perjudicaron enormemente al país: con una
terquedad inaudita, la oposición, que ya sumaba a los 34 rebeldes del Grupo de
Trabajo, amenazó con incluir en ese período de sesiones extraordinarias el
juicio político contra Isabel.
La facultad de decidir qué temas deben tratarse en
las sesiones extraordinarias había sido tradicional y legalmente del Poder
Ejecutivo. Pero en esa oportunidad, la oposición (con los 34
comprometidos en la maniobra) argumentó que los legisladores podían
incorporar otros temas, con el declarado objetivo de iniciarle juicio político
a Isabel.
Para evitar sorpresas, el Poder Ejecutivo se vio
obligado a clausurar el período de sesiones extraordinarias, y reabrirlo el
24-2-76 con un acotado temario, que incluía esa Ley de Defensa Nacional. Como
ya tenía media sanción de Diputados, el proyecto ingresó directamente al
Senado para su aprobación definitiva. Pero, por motivos que nadie ha sabido
explicar con precisión, el Senado no llegó a iniciar su tratamiento en ese mes
que aún restaba para el golpe del 24-3-76. Es cierto que en esos treinta días
finales vivimos un clima de verdadero terror por los rumores que lanzaban las
propias FF.AA., y las tremendas presiones de civiles y militares para que
entregáramos la cabeza de Isabel. Pero, de cualquier forma, dicha ley era tan
importante para el país, que nada justifica el silencio del Senado durante ese
mes que fue clave en nuestra historia.
No pretendo cargar culpas sobre nadie, pero este
episodio de la Ley de Defensa Nacional y su periplo parlamentario es por demás
sugestivo. Lo real es que en ese proyecto de ley figuraban, con toda claridad,
los recaudos que el Poder Ejecutivo propuso tomar para que, en la lucha contra
la subversión terrorista, no pudieran cometerse excesos y, menos, aberraciones.
Y también es real que ese proyecto de ley lleva la firma de Isabel y todo su
Gabinete, que la Cámara de Diputados le dio media sanción, y que en el Senado
estuvo “dormido” durante 30 días. Obviamente, la dictadura militar no tuvo
ningún interés en sancionar esa ley luego del golpe.
Quizás la transcripción cronológica de los hechos
acontecidos en esos últimos meses de infarto para nosotros arroje alguna luz
sobre tal aparente misterio:
* El 21 de octubre de 1975, el Poder Ejecutivo
envía al Congreso el vital proyecto de Ley de Defensa Nacional.
* El 19 de noviembre de 1975, a menos de un mes de
haberlo recibido, la Cámara de Diputados logra su aprobación en tres
comisiones (Defensa, Asuntos Constitucionales y Asuntos Penales; aclaremos que
los proyectos de ley deben ser tratados y aprobados en cada Comisión
por separado), y lo trata “in extenso” (298 páginas del Diario de
Sesiones) en el plenario, para aprobarlo ese mismo día. Insisto, todo en menos
de un mes.
* Inmediatamente arrecia la campaña de la
oposición y de los 34 obstruccionistas del Grupo de Trabajo para intentar
destituir a Isabel por juicio político, ya que ella no aceptó renunciar ni
“bordaberryzarse”, como pretendían los militares golpistas y reclamaba toda
la oposición (la externa y la interna) en forma reiterada y durísima, como he
demostrado ya.
* Ante ello, el Poder Ejecutivo se ve obligado a
clausurar el período de sesiones extraordinarias.
* El general Videla, con el proyecto de Ley con
media sanción y pronto a ser enviado para su aprobación definitiva, se
apresura a arrogarse facultades de virtual presidente de la Nación y pronuncia
su mensaje de Navidad con una clara amenaza al gobierno: “si no haya cambios (de presidente, con la renuncia de Isabel o el
juicio político, obviamente), las Fuerzas
Armadas sabrán cumplir con su deber”…
* El 24 de febrero de 1976, el Poder Ejecutivo
re-envía al Congreso el proyecto de Ley de Defensa Nacional, que entra
directamente al Senado.
* El Senado no tocó siquiera ese proyecto en los 30
días subsiguientes. En 30 días, recuérdese, Diputados pudo completar el
trámite a pesar de una oposición más numerosa, que contaba además con la
inestimable ayuda del Grupo de Trabajo.
* El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas dieron
el golpe fatídico, sin ley alguna que regulara la Defensa Nacional, aunque,
obviamente, de existir dicha ley no la habrían respetado.
La tragedia pudo evitarse. ¿Quién se opuso a ello?
Este claro y decisivo proyecto de Ley de Defensa
Nacional debe sumarse a las ya numerosas y sólidas pruebas que demuestran la
inocencia de Isabel respecto de los terribles crímenes cometidos antes y
después del golpe militar.
Y recordemos: por segunda vez en seis meses (el
7-7-75, con el decreto 1.800, y el 21-10-75 y 24-2-76, con este fundamental y
definitorio proyecto de ley), Isabel promovía una norma para evitar excesos y
aberraciones por parte de los militares.
Y,
sin embargo, todavía hay dos jueces que la acusan de haber autorizado la
matanza ilegal, y piden su captura internacional… bajo un gobierno
“peronista”…
¿Por qué? Ése será el tema de la última nota de
esta serie.
¿Por
qué Perón? ¿Por qué Isabel?
Por
Juan Gabriel Labaké
A
la media noche del 2 de julio de 1974, mientras ocho o diez diputados nacionales
esperábamos nuestro “turno” para hacer guardia ante el féretro del General
en el Salón Azul, escuchamos la voz de un agorero:
“Muerto el General, ahora cada uno vale por el
quiosco que tiene”.
Esa
noche terminé de comprender el papel que quería y debía cumplir Isabel para
nosotros y, desde entonces, he trabajado 33 años para ayudarla a lograrlo,
porque cuando mandan los quioscos no hay grandeza ni política nacional.
Guste
o no a algunos sectores de poder, el peronismo desde su creación ha vertebrado
a la Argentina, ha sido su estructura ósea. Por eso los fracasos del peronismo
se han transformado en fracasos de la Argentina. Y por eso también nuestro
Movimiento ha contagiado al país sus éxitos, sus virtudes, sus defectos y sus
luchas internas. Excede en mucho a la extensión de estas notas el análisis
detallado de este fenómeno que existe por sobre los deseos de enemigos, amigos
y “tropa propia”. Es, simplemente, la realidad que, en un futuro libro que
espero publicar muy pronto, tendrá el tratamiento adecuado.
Mientras
el peronismo fue peronista, el pensamiento de Perón se impuso internamente a
tirios y troyanos. Un pensamiento en donde el lugar central, la clave de
bóveda, era la convicción inamovible del General de que la Argentina merecía
y podía lograr un destino de grandeza, un lugar propio en el mundo, con un
camino propio a recorrer y con un pueblo, para decirlo con sus propias palabras,
feliz. De esa idea dominante en Perón surgieron las tres banderas y la Tercera
Posición (que, como meta, sigue tan vigente como siempre en cuanto significa
una política internacional propia e independiente).
Recuerdo,
que mientras estuve preso en el barco 33 Orientales (desde el 24-3-76 al
19-7-76) junto con otros 35 compañeros, casi todos ex funcionarios del gobierno
de Isabel, un teniente de fragata, hijo de ingleses, mantuvo conmigo un diálogo
revelador:
“Ustedes los peronistas tienen un
defecto: creen que la Argentina puede ser patrón de estancia, cuando sólo
puede ser mayordomo”.
Creo
que nadie ha definido el fondo de la cuestión política argentina más
gráficamente que este oficial de la Armada Argentina, hijo de ingleses. No
desde 1945, sino desde 1806 (primera invasión inglesa), y más nítidamente
desde 1811 en que comienza a actuar don José Gervasio de Artigas, nuestro país
se debate entre ser patrón de la estancia o sólo su mayordomo. La genialidad
de Perón fue poner en blanco y negro esa disyuntiva de hierro, bautizarla
(“liberación o dependencia”) y darle un contenido concreto (las tres
banderas y la Tercera Posición).
Desde
hace treinta años,
la Argentina se ha conformado con ser sólo mayordomo y, por eso mismo, vegeta
como una nación invertebrada, tal como don Miguel de Unamuno definió a España
a principios del siglo XX.
La
columna vertebral de la Nación moldeada a partir de 1945, y hasta nuestro
derrocamiento en 1976, fue ese pensamiento fundamental de Perón y fundacional
del peronismo, a pesar de todos los vaivenes, derrotas parciales, ataques de los
adversarios y claudicaciones nuestras. La primera en comprender que estaba en
peligro esa columna vertebral de la Argentina
fue Isabel, una vez repuesta de sus “achaques” físicos y anímicos
(octubre/noviembre de 1975), originados todos en una viudez que para ella fue
múltiple (“Con
la muerte del General, yo perdí al marido, al amigo, al asesor y guía, al
conductor político, al presidente de mi país y al jefe de mi Movimiento”,
me dijo alguna vez en la soledad de Madrid).
Esa
terrible viudez fue la que la llevó a ofrecer su renuncia, una semana después
de la muerte de Perón, en una reunión más de amigos que oficial: su Gabinete,
los tres comandantes de las FF.AA., la 62, la CGT, y su adversario-amigo doctor
Balbín. No se sentía con fuerzas y sabía que la Argentina podía seguir
vertebrada por aquel pensamiento de Perón, aún si ella se alejaba de la
presidencia. Por otro lado, las FF.AA estaban comandadas por un general leal, y
no se observaban síntomas de que los antiguos proscriptores y futuros
dictadores pudieran coparlas. En esas condiciones un nuevo presidente, elegido
por consenso, podía continuar la tarea que suspendió la muerte el primero de
julio de ese año.
A
fines de 1975, al regresar de su descanso en Ascochinga, la situación había
cambiado radicalmente. Ella se había sobrepuesto ya a todas las pérdidas de su
viudez, y quienes pedían su renuncia lo hacían, no para conservar sino para
destruir la estructura ósea de la Nación. Y, entonces, su actitud también dio
un vuelco de campana: su firmeza, casi terquedad, para rechazar los pedidos de
renuncia tuvieron en ella una motivación clarísima y salvaron, entre otras
cosas, nuestra dignidad como Movimiento y como Nación, y la posibilidad de
continuar con el modelo de país diseñado por el General.
“No he renunciado ni pienso renunciar. No he
solicitado licencia ni lo haré… El pueblo sabe dónde están sus enemigos”, les gritó en la cara a los golpistas y a sus socios que
pedían la renuncia presidencial, el 5 de noviembre de 1975 desde el sanatorio
donde reponía su frágil estado de
salud.
“No voy a renunciar aunque me fusilen, porque
hacerlo es claudicar y traicionar el legado que me ha dejado Perón”, les respondió, casi les espetó, el 18 de febrero de 1976 a
los buitres que revoloteaban sobre lo que ellos consideraban un pronto bocado.
“Yo sé que me quieren sacar de la presidencia
para destruir las chimeneas que levantó Perón”, proclamó
públicamente desde la CGT veinte días después.
La
derrocaron, la secuestraron en el Mesidor y otros reductos, la vejaron moral y
físicamente, la calumniaron, la mandaron al exilio, destruyeron su salud, la
traicionaron, pero jamás la
vencieron en su interior. Y esa actitud de Isabel, posterior a su derrocamiento,
salvó la dignidad de la Argentina y del peronismo por segunda vez.
Hoy,
Perón está muerto físicamente, e Isabel ha renunciado definitivamente a la
política hace años. ¿Por qué entonces se los ataca todavía? Porque,
mientras se mantenga la memoria colectiva sobre la obra de Perón y,
especialmente sobre su pensamiento político arriba expresado, que es lo único
que queda de él como legado histórico, y mientras Isabel mantenga la imagen de
haber sido quién salvó la dignidad del país y del peronismo para que no
muriera ese legado de Perón, sus enemigos, que son nuestros enemigos, no
podrán dormir en paz.
En
esa tarea de destrucción, tales enemigos hoy están unidos, como siempre.
Cuenta Martín Sivak (“El Doctor-Biografía no autorizada de Mariano
Grondona”, Ed. Aguilar, Buenos Aires, 2005) que el diario La Nación, luego de
la caída de Perón en 1955, reunió un equipo de jóvenes redactores políticos
“acorde con los tiempos”: José Claudio Escribano, Tomás Eloy Martínez,
Mariano Grondona, Jacobo Timerman e Hipólito Solari Yrigoyen. ¿Qué tenían en
común los tres primeros (notorios “derechistas”), con los dos segundos
(sedicentes “izquierditas”)? Su “peronofobia”. Igual que hoy.
El
Perón carnal murió el 1º de julio de 1974. Ahora quieren matar al Perón
político, al mito y al sueño que sobrevive, es decir a la estructura ósea de
la Argentina, la que le dio consistencia durante medio siglo y parió un
proyecto de futuro a perseguir permanentemente. Quieren destruir ese proyecto de
futuro, para lo cual tienen que matar el recuerdo de su creador, y la imagen de
quién, con todas las limitaciones y debilidades físicas del caso, fue su
última y aún viviente portaestandarte.
Porque
las pocas o muchas condiciones que Dios le dio a Isabel (físicas, anímicas y
de capacidad de conducción) no es el fondo de la cuestión. Ella nunca fue una
conductora política nata, ni siquiera una hábil política. Lo suyo fue, es y
será algo más profundo y duradero: la garantía de fidelidad del peronismo a
aquel pensamiento básico de Perón (fundacional de la Argentina moderna) y la
prenda de unidad de los peronistas. Por eso, el día que la dirigencia
peronista, en un acto suicida, pactó con los militares para que ella quedara
inhabilitada políticamente y exiliada en Madrid, hasta que “cocinaran” la
fórmula presidencial (septiembre/octubre de 1983), ese día, digo, comenzó la
decadencia política y la degradación moral del peronismo, hasta transformarse
en este conglomerado de caciquejos ambiciosos y sin códigos morales ni
políticos, tal como lo contemplamos hoy con horror y pena.
Al
traicionar a Isabel, terminaron de matar a Perón, al único Perón que quedó
vivo después del 1º de julio de 1974, y el único que interesa para el futuro:
su pensamiento fundamental, la estructura ósea de la Argentina que nos legó.
Con la “agachada” de setiembre/octubre de 1983, también destruyeron los
pilares que sostienen a todo movimiento de liberación nacional y redención
social: su idealismo y su conducta moral y ética. Es que cuando se pierde la
lealtad y la dignidad una vez, se destruyen los ideales y los principios para
siempre.
Y
ése es el fondo de nuestro drama actual: el peronismo ya no es, como lo
definió Perón acertadamente, “un conjunto de ideales y principios morales y
políticos”, sino una cooperativa de intereses grupales y personales sin
grandeza ni razón de ser.
La
única esperanza que le queda al peronismo y, si se me permite este aparente
sectarismo, a la Argentina es que permanezca viva la posibilidad de salvar la
estructura ósea, el pensamiento fundamental de su creador, porque lo otro ya
murió definitivamente. Eso lo sabemos nosotros, y también lo sabe el enemigo.
Isabel
es el último recuerdo que queda de aquéllo que fue. Si la destruyen ante el
corazón de los argentinos, habrán destruido, quizá por mucho tiempo, la
posibilidad de reconstruir la Nación y a su
pueblo alrededor de la columna vertebral legada por Perón.
En
la historia moderna hay un ejemplo de lo que acabo de exponer sobre el valor
simbólico de Isabel: Gran Bretaña llegó a ser el gran imperio del mundo
durante el siglo XIX (en el siglo XX solo recorrió el camino de la decadencia).
Ese verdadero siglo de oro lo lograron los ingleses gracias a los setenta años
de reinado de la nada graciosa majestad Victoria. Según indican todos los
datos, Victoria era una reina políticamente inútil, incapaz, voluptuosa y
dominada por la pasión carnal. Cuentan que la mayor obligación del primer
ministro era conseguirle un amante de su agrado para cada noche. Pero esa obesa
reina, disipada y frívola, incapaz de conducir un club de barrio, fue el
símbolo alrededor del cual se unieron los ingleses para engrandecer su Nación
y dominar al mundo como lo hicieron.
Isabel
tiene muchas, muchísimas más condiciones que la reina Victoria, que no sabía
dónde ubicar en el mapa a Nueva Dehli o Kuala Lumpur (dos “perlas” de su
Imperio), y le costaba hacerlo con Liverpool y Manchester. Y en la faz moral, la
diferencia de la nuestra sobre la británica es abismal. La viuda del General
pudo y debió haber sido el símbolo y la garantía que nos marcara el rumbo. El
odio de nuestros enemigos y la necedad y pequeñez de espíritu de la mayoría
de nuestros dirigentes rompieron el sueño.
Y
algo más: defender a Isabel hoy es aferrarnos a nuestra propia dignidad, porque
no es de gente bien nacida abandonar al amigo en desgracia, y menos a quien
fue presidente de la Nación y jefa del Movimiento. Cuentan que, cuando
una partida del gobierno legítimo mató al general Juan Lavalle en Jujuy, y a
pesar de que murió por la locura de invadir su propia patria, pagado por los
franceses que bloqueaban el puerto de Buenos Aires, sus soldados, criollos al
fin, llevaron su cadáver (y, cuando no pudieron más,
sólo sus huesos) a lomo de caballo hasta Bolivia, para que no fuera
mancillado por sus enemigos. Esos soldados habían comprendido que, cuando se
permite el manoseo de quien sufrió y luchó por nosotros (aunque sea el de su
cadáver), lo que se pierde es la propia dignidad, el respeto a sí mismo, algo
muy difícil sino imposible de recuperar.
Treinta
años después sigo pensando que los esfuerzos que hicimos unos pocos dirigentes
peronistas (con la colaboración de un puñado de amigos no peronistas) para
defender a Isabel y mantener aquel sueño, aún a costa de la incomprensión de
propios y extraños, estuvieron y están plenamente justificados y, debo
confesarlo, son la base de mi tranquilidad de conciencia actual y, ¿por qué
no?, del orgullo con que llevo mis años maduros.
También
creo que esos esfuerzos fueron el motivo para que, en estas tres décadas, hayan
tratado de denigrarnos motejándonos despectivamente de
“ultraverticalistas”, y nos hayan condenado, aunque en vano, al más duro y
cerrado ostracismo.
He
ahí el motivo real de estas trece notas que, si Dios lo permite, se ampliarán
rápidamente hasta completar un libro de pronta aparición. He querido que el
título de ese libro sea “No jodan con Perón”, en homenaje al gremialismo
peronista que, con todos los errores y defectos que se le quiera achacar, sigue
siendo la columna vertebral del Movimiento. De la misma manera que Lorenzo
Miguel, con todos sus pro y sus contra, fue el dirigente clave para apuntalar a
Isabel en los últimos tramos de su gobierno, y salvarnos de la vergüenza y del
oprobio, hoy sus sucesores han plantado una pica en Flandes a cuyo derredor
puede comenzar la construcción del futuro sobre la base del pensamiento de
Perón.
Ello
será posible sólo si los peronistas recuperamos nuestra dignidad y retomamos
nuestra misión histórica y, como en 1945, podemos contagiar al país nuestros
ideales y nuestros principios políticos y morales, hoy abandonados en el
arroyo.
Si
estas trece notas y el libro que las seguirá sirven en alguna pequeña medida
para iniciar esa tarea, me tendré por muy bien servido.